miércoles, 13 de junio de 2018

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Alberto Moravia

 RECUERDA QUE SOY VIRGEN



Yo: ¿Por qué me describes tan detalladamente los movimientos de su mano?

Desideria: Para darte la impresión de mi perplejidad o, si quieres, de mi curiosidad. Su alusión tan insistente al amor a tres había traído a mi memoria la escena que había sorprendido, sin quererlo, en el dormitorio de Viola. Este recuerdo, y el de la obsesión sodomítica de Tiberi, me habían hecho pensar en que cada hombre (y, naturalmente, cada mujer) tiene un lenguaje erótico propio, al que no puede escapar y no puede variar en ningún caso más de cuanto puede variar la lengua nativa. Así, ahora me preguntaba cuál sería el lenguaje de Erostrato conmigo y de qué precisa comunicación original era su insignificante introducción la caricia casual y genérica de la mano.

Yo: ¿Qué ocurrió luego?

Desideria: Estaba de pie, muy apretada contra él, con el vestido levantado por delante y cayéndome por detrás sobre las pantorrillas. Me sentía en desorden, embarazosa. Entonces hice con varias manos el ademán de tirarme hacia arriba de la falda para desnudarme por completo. Pero él me detuvo con dulzura, y luego, con un empuje gradual, me hizo retroceder hasta la cama y me tumbó boca arriba en la misma. Temiendo que hubiese olvidado mi recomendación, le dije: 

—Recuerda que soy virgen y que quiero seguir siéndole.

Respondió, cabizbajo: 

—Puedes estar tranquila.

Tranquilizada, incliné la cabeza hacia los hombros y lo observé con curiosidad mientras me manipulaba para prepararme al amor, con movimientos rápidos, pero exactos y llenos de un curioso aire de devoción, exactamente igual que un sacerdote que prepara apresuradamente un altar improvisado, antes de celebrar en él el rito.

Yo: ¿El rito?

Desideria: Se trataba precisamente de un rito. Lo comprendí no sólo por la reverencia de los gestos con los que me acomodaba, sino también por el hecho de que cuando, finalmente, me tuvo completamente desnuda de la cintura para abajo, con el vestido cuidadosamente doblado sobre el vientre y las piernas completamente abiertas, se arrodilló ante mí y, durante un momento que me pareció interminable, se dedicó a una especie de contemplación casi religiosa.

Yo: ¿Contemplación?

Desideria; Sí, tanto que por un momento esperé que juntase las manos y se pusiera a rezar, como hace un fiel antes el símbolo de su religión.

Yo: Pero, ¿qué religión? Quiero decir de qué modo ésa que tú llamas religión era distinta de la análoga religión, pongamos por caso, de Tiberi.

Desideria: ¡Oh, era una religión completamente distinta! Tiberi se había comportado como quien, frente a una puerta cerrada, trata de echarla abajo para entrar en casa, llevar la devastación y salir de ella lo más pronto posible. Por el contrario, Erostrato quería sólo llamar a la puerta, esperaba que se le abriese y se hacía la ilusión de poder permanecer en casa para siempre.

Alberto Moravia
La vida interior
Barcelona, Plaza & Janes, 1979, pp. 204 - 205


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