domingo, 4 de julio de 2021

Triunfo Arciniegas / Diario / Posdata

 

Fotografía de Triunfo Arciniegas


Triunfo Arciniegas
POSDATA
3 de julio de 221


No hay velorio. Porque no hay cuerpo. Entregan las cenizas tres o cuatro días después, cumpliendo con el protocolo de las víctimas del coronavirus.

En la tarde fui a la misa de cenizas de mi amigo Edgar Suárez en la catedral y le oí esta frase al cura: "Dios no es Dios de los vivos sino Dios de los muertos". ¿Dijo eso? ¿Nos dijo eso? Estábamos en el lugar equivocado entonces. El único muerto no podía oírlo. Los demás, con tan contundente revelación, nos quedamos como una piedra, mudos, pobres vivos sin Dios

La verdad, no creo en nada de lo que dijo el cura. Ni en las puertas del paraíso que se abren para mi amigo ni en la compañía de los santos. ¿Qué va a hacer Edgar con un montón de santos aburridos?

Los curas no son santos de mi devoción. Detesto los intermediarios. Los asuntos se resuelven directamente con el jefe y no con los mandos medios.

De niño fui creyente. Las lecturas me acabaron la fe y otras supersticiones. Leer sobre las atrocidades de la Iglesia en la Edad Media, sobre sus refinamientos en cuestiones de tortura y sus desmedidas ambiciones terrenales me marcó para siempre. Los curas fueron más sádicos que los militares. Aunque perdió todo su siniestro poder, no me interesa una Iglesia a la vez homofóbica y pedófila. En fin, perdí la fe y no gané nada. Quedarse sin el cielo es la peor de las soledades.

Se me hace difícil pensar que Edgar Suárez está muerto y mucho más difícil creer que va a resucitar. ¿Volverá deteriorado o con los pulmones intactos? ¿Con más o menos cabello? Con menos, imposible. ¿Renegará o se gozará la experiencia? Y en cuanto a las mujeres, ¿se quedará con la última si no le han buscado reemplazo? ¿Y si las otras exigen derecho de antigüedad? Y sobre todo, ¿cuándo? Ese asunto de la resurrección ya parece promesa de político en campaña. Imagino que mi amigo aparece de pronto y dice: "Tenaz morirse, hombre, pero mucho peor resucitar." Y uno con esas ganas de saber. Con ese morbo. No se ahorre detalles, Edgar, Lázaro Edgar Suárez. Y él, todo venenoso: "Ya les tocará, para qué les cuento".

Es apenas natural pensar, en estas circunstancias, que tarde o temprano le llegará a uno su turno. Por mí, que se ahorren el gasto del cura y el trío de músicos entonando cánticos religiosos que parecen rancheras. Que le prohíban la entrada a los políticos de porquería y sus discursos forjados por escritores fantasmas. Que nadie se atreva a decir vuela alto porque a duras penas aprendí a nadar. Y que siempre te recordaremos porque voy a sospechar.

El cura habló de sacrificio y humildad. Sangre y humillación son las materias del edificio de la Iglesia. La religión, en vez de exaltación y gozo, nos sumerge en la culpa y el menosprecio. No somos nada. Polvo eres y en polvo te has de convertir. Polvo, cenizas, nada. ¿De ahí surge la vida eterna?

Aunque nadie se detiene a pensarlo, la misa es una ceremonia sangrienta. "Comed y bebed", dice el cura. Nos comemos y nos bebemos a alguien, y todavía nos horrorizamos porque los aztecas, con un cuchillo de pedernal, le extraían el palpitante corazón a un infeliz para ofrecérselo a los dioses y lo arrojaban pirámide abajo, como un perro.

El cura hizo su misa, repitió como loro el sabido libreto, y se perdió. No se bajó de su altar, no expresó una sola palabra que no estuviese libreteada. Y la gente se quedó ahí abajo con las cenizas y la foto, las flores y la vela, como sin saber qué hacer. Me acordé de cuando se murió mi madre y un tipo pretendió que volviéramos con el cajón hasta la puerta de la iglesia cuando ya íbamos a mitad de camino. Una cosa ridícula: un ataúd en reversa. Seguimos adelante. "Es la primera vez que muere mi mamá", le dije al hombre, para que entendiera que no teníamos ensayos previos.

Hablé con Saúl Hernández, el mejor amigo de Edgar, frente a la catedral. Le pregunté por la viuda y por los hijos. La viuda (la segunda mujer de Edgar) quedó enterita: alcanza a enterrar otros dos por lo menos. Y los hijos, como suele suceder, ya están peleando por lo que dejó el finado.

Nos despedimos. Nos vemos pronto para tomarnos un café y escupir veneno.

La gente se fue con las cenizas al cementerio y yo volví a casa por un sendero de lágrimas. De pronto imaginé a Edgar diciendo, muerto de risa: "Pero miren a este pendejo llorando por mí".



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