![]() |
| Philip Glass |
PHILIP GLASS, 89
![]() |
| Philip Glass |
PHILIP GLASS, 89
El compositor estadounidense Philip Glass, considerado por algunos como uno de los compositores contemporáneos más influyentes, está de cumpleaños.

Catherine O'Hara, la icónica actriz de películas como Home Alone ("Mi pobre angelito") y Beetlejuice, murió este viernes a los 71 años.

Jade Jagger nos recibe en Kempsford Manor en una jornada cargada de emoción y significado. La reconocida artista multidisciplinar nos abre las puertas de su casa de campo, un lugar estrechamente vinculado a su historia personal y familiar, testigo de innumerables recuerdos, encuentros y momentos compartidos a lo largo de los años. Con un estilo georgiano, se alza en el pintoresco pueblo de Kempsford, cerca de Fairford, al sureste de los célebres Cotswolds ingleses. Construida originalmente entre 1700 y 1750 y ampliada posteriormente locon destacados añadidos del período Regencia, la residencia combina un carácter arquitectónico clásico y elegante con la atemporalidad de quienes saben convertir un hogar en refugio y testigo de vida.
![]() |
| Miles Davis |
Antes del centenario del nacimiento de Davis, músicos como Terence Blanchard y John Scofield analizan su brillantez: desde su fraseo suave y su toque espiritual hasta sus ásperas palabrotas y sus trajes de cuero.
Amar Kalia
Viernes 30 de enero de 2026

el 25 aniversario de 'Matrix', de las hermanas Wachowski, recuperando la entrevista a Keanu Reeves publicada en nuestra revista en 1999.
POR REDACCIÓN FOTOGRAMAS Y MARÍA BERNAL
En la última década ha sido chapero, héroe de acción, yuppy, caballero shakespeariano, policía, joven Buda y víctima de Drácula, experiencias más gratificantes en lo personal que en lo económico. Cinco años después de 'Speed', Keanu Reeves se puede decir que ha resucitado como estrella: lidera de nuevo la taquilla gracias a 'Matrix' , una mezcla de cine espectáculo e historia filosófica en la que vuelve a hacer de salvador. Siempre celoso de su vida privada, ha hecho una pequeña concesión para entrar en la matriz de su personalidad y, entre otras cosas, hablar de planes de futuro y de por qué todavía hoy los hay que dudan de su talento.
Descritas por un investigador como si "ya estuvieran muertas", estas enigmáticas criaturas son una de las especies menos comprendidas del planeta.
Leyland Cecco
22 de enero de 2026
El tiburón de Groenlandia, un animal del que un investigador (cariñosamente) dijo que “parece que ya está muerto”, es también una de las especies menos comprendidas y biológicamente enigmáticas del planeta.
![]() |
| Hillary Mantel |
![]() |
| Mujer sentada con sombrero Pablo picasso |
II, 19
Soy una persona torpe. Me doy contra las paredes, tropiezo con las alfombras, hago caer objetos, vuelco el agua, el vino, el té, resbalo, trastabillo, pego patinazos incontrolados, todo ello durante un mismo día. No se debe forzosamente a las irregularidades del terreno ni a la presencia de obstáculos camuflados. Más bien se trata de un gran despiste, o de una forma solapada de inadaptación al mundo que me rodea. A ello se suman otros parámetros: el cansancio, la mirada del otro. Aún ahora, si me sé observada, en ocasiones cruzo una estancia o bajo una escalera con la única preocupación de llegar al final sin caerme. Aún ahora, si me siento intimidada, puedo pasarme una comida entera siguiendo apenas la conversación porque me esfuerzo en no atragantarme, en no dejar caer nada, y eso requiere toda mi atención.
I, 17
Una mañana muy temprano, cuando volvía a mi casa tras haber dormido en casa de François, me encontré con L. en la esquina de mi calle. No delante de mi puerta, sino a unos centenares de metros de mi casa. No había ninguna razón para que ella estuviera allí. Mi calle es estrecha y no alberga ningún comercio, el día apenas despuntaba y los cafés de alrededor estaban aún cerrados. Yo caminaba cabizbaja, bastante deprisa porque hacía frío. Con todo, me llamó la atención una figura larga y blanca, en la acera de enfrente, sin duda a causa de aquella inmovilidad que la hacía parecer petrificada. L. estaba embutida en un largo abrigo, con el cuello alzado. No se movía, parecía no venir de ninguna parte, ni siquiera esperar a alguien. Al cabo de unos segundos, me dio la impresión de que observaba a ratos la entrada de mi casa. Cuando me vio, se le iluminó el semblante. Su mirada no traslucía apuro ni sorpresa, como si fuera de lo más normal que estuviese allí, en pleno invierno, a las 7 de la mañana. Le había apetecido verme y encontró la puerta cerrada. Eso me dijo. No intentó inventarse nada, y aquella sencillez me conmovió, porque al confesar aquello L. adoptó una expresión infantil que no le había visto nunca.
I, 9
Siempre me ha gustado observar a las mujeres. En el metro, en las tiendas, en la calle. También me gusta mirarlas en el cine, en la televisión, me gusta verlas jugar, bailar, oírlas reír o cantar.
Delphine de Vigan
BASADA EN HECHOS REALES
1
Me gustaría relatar cómo entró L. en mi vida, en qué circunstancias, me gustaría describir con precisión el contexto que permitió a L. penetrar en mi esfera privada y, con paciencia, adueñarse de ella. No es tan sencillo. Y en el momento en que escribo esa frase, cómo entró L. en mi vida , calibro lo que tiene de pomposo esa expresión, un tanto trillada, cómo recalca una dramaturgia que no existe aún, esa voluntad de anunciar el viraje o la repercusión. Pero sí, L. entró en mi vida y la desquició profunda, lenta, firme, insidiosamente. L. entró en mi vida como en un escenario de teatro, en mitad de la representación, como si un director de escena se hubiera encargado de que todo se difuminase en derredor para abrirle paso, como si la entrada de L. se hubiera dispuesto para resaltar su importancia, para que en ese momento preciso el espectador y los demás personajes presentes en escena (en este caso, yo) solo repararan en esa irrupción, para que todo a nuestro alrededor se inmovilizara y su voz llegase hasta el fondo de la sala; en resumidas cuentas, para que produjese su pequeño efecto.
Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea. Las expresiones estereotipadas deben interpretarse algunas veces al pie de la letra: no escribí ni una carta burocrática, ni una tarjeta de agradecimiento, ni una postal de vacaciones, ni una lista de la compra. Nada que exigiera un esfuerzo de redacción, que obedeciese a una preocupación formal. Ni una línea, ni una palabra. Ver un bloc, una libreta o una ficha me producía náuseas.
Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges.