martes, 25 de agosto de 2026

Exposición de Carrie Yamaoka

 

Carrie Yamaoka, 68 x 12 (verde) redux (detalle), 2009/2025. Cortesía de Hamburger Kunsthalle.
Carrie Yamaoka, 68 x 12 (verde) redux (detalle), 2009/2025. Cortesía de Hamburger Kunsthalle.


Exposición de Carrie Yamaoka

21 de agosto de 2026 — 10 de enero de 2027 en el Hamburger Kunsthalle de Hamburgo, Alemania

13 DE AGOSTO DE 2026

La Hamburger Kunsthalle presenta la primera exposición individual en Alemania dedicada a la artista Carrie Yamaoka (n. 1957). La muestra, que se inaugura en el atrio de la Galerie der Gegenwart, tiene como motivo la entrega del Premio Maria Lassnig a esta artista multidisciplinar afincada en Nueva York.

Delicias orientales / La fantasía de la geisha

 

Shunga japonés ("Imágenes de primavera"), siglos XVIII-XIX.
Shunga japonés ("Imágenes de primavera"), siglos XVIII-XIX.


Delicias orientales

La fantasía de la geisha

26 DE NOVIEMBRE DE 2014


Desde una perspectiva occidental, la geisha es una de esas delicias orientales envueltas en misterio y fantasía. Es una mujer sumamente sensual, una reliquia de una época pasada, que solo se encuentra en Japón. En este sentido, la geisha se asocia con un espacio y un tiempo fantásticos. Sin embargo, más allá del reino de los sueños, la geisha, tal como la imaginan los occidentales, existe de verdad. Es una persona viva y tangible; en resumen, real. Bueno, casi.

lunes, 24 de agosto de 2026

Una pintura / Un ángel en mi mesa o retrato de mi madre

 



Miriam Escofet
ANGEL EN MI MESA o RETRATO DE MI MADRE, 1967

Pintura ganadora Premio de Retrato BP 2018, anunciada en la National Portrait Gallery en Londres y seleccionada de forma anónima entre 2.667 obras procedentes de 88 paises.

Los jueces apreciaron "la reserva e intimidad de la composición de Escofet, que evoca tanto la calma interior de la modelo como la idea de la 'madre universal"

Miriam Escofet fue finalists en cuatro ocasiones anteriores, hasta que finalmente consiguió el premio que captura Lantigua de “la madre universal”, como ella misma dice.

De nacionalidad españoles, Miriam Escofet creció en un hogar de artistas. Su padre es el pintor español José Escofet (nacido en 1930). Su madre también era artista.

«Recuerdo particularmente haber visto a mi padre dibujar y estar completamente fascinada por su habilidad. También recuerdo pasar horas revisando sus libros de arte y descubriendo el mundo del arte en todas sus múltiples expresiones. En particular fueron las obras de pintores renacentistas y góticos las que me cautivaron; Bosch, Da Vinci, Van Eyck, Mantegna, Piero della Francesca, los mundos mágicos y místicos que representan sus obras. En cierto sentido, supongo que aprendí desde muy temprana edad el lenguaje especial" del arte, que sobrepasa el intelecto y conecta directamente con la imaginación y las emociones.”

Agencia EFE/ Facebook





La gran ola, de Hokusai




La Gran Ola de Kanagawa, diseñada por Katsushika Hokusai

La gran ola de Kanagawa

Una exploración personal de la tradición y la identidad japonesas a través de la lente de la imperecedera estampa de Hokusai.

12 DE NOVIEMBRE DE 2025, 

Esta exquisita estampa, una obra maestra del ukiyo-e, cautiva con sus vibrantes colores y detalles intrincados. Desde el primer momento en que la vi, me envolvió el rugido tumultuoso del océano, una ola que se elevaba sobre el lejano Monte Fuji, creando un marcado contraste que despertó en mí una profunda curiosidad por el impresionante mundo de la cultura, el arte y la gastronomía japonesas. La energía de la ola, tan viva y dinámica, parecía narrar una historia más profunda de resiliencia y belleza en medio del caos, dejándome maravillado y asombrado.

domingo, 23 de agosto de 2026

Un libro / Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne




Poesía y geografía

'Veinte mil leguas de viaje submarino' de Jules Verne es la novela perfecta porque resume las dos metáforas centrales de cualquier literatura: la inmersión, el viaje



Antonio Muñoz Molina

14 de noviembre de 2014


Julio Verne
En aquel austero comedor no estaban aún el televisor y el frigorífico que ocuparían lugares de honor unos años más tarde. Había una ventana enrejada, una mesa camilla, una repisa de obra en un rincón donde estaba la radio, un reloj de péndulo colgado de la pared encalada. El tictac del mecanismo murmuraba en la caja de madera. Los cuartos y las horas resonaban nítidos como golpes de gong. Yo leía sentado en una silla de anea, apoyando los codos en la mesa, arrimado al brasero, abrigándome con las faldillas, en la casa donde reinaba el frío durante los meses de invierno. No había un sillón ni un sofá donde echarse a leer. De noche, los mayores se quedaban dormidos apoyando la cabeza sobre los brazos cruzados. El único sitio para descansar era la cama, y la cama estaba en un dormitorio helado. Cuando yo leía en ella se me quedaban frías las manos. Sostenía el libro con una mano mientras calentaba la otra debajo del embozo.

Un libro / Bleak House, de Dickens

Charles Dickens
Poster de T.A.

Semanas con Dickens

  • Lá maestría técnica de Charles Dickens no interfiere su desatada vocacion de folletinista

He entrado en septiembre en la compañía suntuosa de Charles Dickens. Según la luz del sol se hace más madura y dorada y las tardes más breves, voy avanzando por las casi 1.000 páginas de Bleak house (Casa desolada), que no es de sus novelas más conocidas entre nosotros, pero sí, sin la menor duda, una de las mejores, y la absoluta extemporaneidad de la lectura me parece un indicio alenta dar en el comienzo todavía perezoso de la temporada. Quisiera uno seguir leyendo y viviendo como lee y vive ahora, al margen de las coacciones insidiosas o destempladas del presente, dedicando los días a acontecimientos de tan delicada lentitud y tan escasa actualidad como las páginas de Dickens, los signos de la llegada del otoño a la vegetación o el modo en que el último sol de la tarde dora una nube inmóvil y solitaria que poco a poco acaba adquiriendo un intenso color morado, como un adelanto de los colores de octubre.Cuando ni la cabeza ni la biblioteca se tienen muy organizadas, las lecturas suelen seguir un ritmo sinuoso, hecho sobre todo de quiebros y de casualidades, de antojos o encuentros no premeditados. Este verano yo he llegado a Dickens a través de Vladimir Nabokov: releí Lolita, por uno de esos impulsos en los que no hay el menor cálculo, y de Lolita pasé a la estupenda biografia de Nabokov escrita por Brian Boye, en la cual hay un relato muy detallado de las clases sobre literatura europea que dio Nabokov a lo largo de los años cincuenta en la Universidad de Comell. Uno de los libros que a él más le gustaba explicar era precisamente Bleak house. Fui a buscarlo enseguida, di con él en una de esas ediciones sólidas y austeras de Penguin, y nada más tenerlo y sopesarlo en las manos yo creo que me transmitió algo de la felicidad anticipada de la lectura, una gravitación de mundo apretado y populoso que sólo nos sugieren las mejores novelas, los anchos novelones que nos hicieron descubrir para siempre el puro y simple entusiasmo de la literatura.

sábado, 22 de agosto de 2026

Bajo el volcán, de Malcolm Lowry


Malcolm Lowry

Bajo el volcán

Una adicción

Antonio Muñoz Molina
23 de febrero de 2008

Malcolm Lowry
Hace muchos años, en Granada, un amigo muy querido me encargó el primer trabajo literario por el que recibí una remuneración decente: escribir, para un volumen colectivo sobre la historia de la ciudad, un repaso breve de las crónicas que viajeros ilustres le habían dedicado a lo largo de los siglos, haciendo de ella un lugar de la imaginación tan exótico y tan infiel a la realidad como aquellos grabados que convertían en salones de esplendor oriental las estancias modestas de la Alhambra. Tenía que escribir quince páginas: como ocurre tantas veces en que un encargo acaba siendo un don inesperado, al cabo de meses de lecturas y descubrimientos acabé escribiendo más de cien. La ciudad en la que transcurría con tan poco lustre novelesco mi vida ocupaba un lugar distinguido en los mapas de la literatura. Algunas veces, en ciertos lugares, a una cierta luz, en la noche cerrada o en la claridad húmeda de las mañanas, en los atardeceres violeta, yo casi podía vislumbrar, más allá de la miopía de la costumbre, la ciudad que para otros estaba cifrada sobre todo en su nombre, mejorada o revelada por su leyenda. Coleccionaba testimonios que eran como esas postales de lugares lejanos que uno encuentra a veces en los mercadillos, escritas y enviadas hace cincuenta o cien años, con sus fotografías en color de paisajes que quizás ya no existen, tan borrados del mundo como la mano que escribió la postal y los ojos de quien la recibió.

Un libro / El cártel, de Don Winslow



La narración ilimitada

Ahora que el arte de la novela parece contraerse, Don Winslow se atreve a abarcar generaciones y países enteros



Empecé hace unas semanas a leer a Don Winslow y no he podido dejarlo. Hasta hace muy poco apenas me había fijado en sus libros y ahora empiezo uno en cuanto he terminado el anterior, y compruebo con impaciencia, casi con alivio, que acaba de publicarse otra novela suya, que reseñaba hoy mismo The New York Times. Lo peor de los prejuicios es que uno no sabe que los tiene. En escaparates de librerías, en suplementos literarios de aquí y de fuera, yo había encontrado el nombre de Don Winslow, pero no me había fijado mucho en él porque venía asociado a ese tipo de novelas que uno ve muy destacadas en las librerías de los aeropuertos, con portadas como titulares sensacionalistas, a veces en letras doradas en relieve.

viernes, 21 de agosto de 2026

Un pintor / Willem de Kooning


Elaine and Willem de Kooning

Antonio Muñoz Molina

De Kooning, talento y desastre


EL PAÍS 3 DIC 2011
Willem de Kooning tenía una idea proletaria del oficio de pintor. Era hijo de la dueña de una taberna de Rotterdam a la que acudían trabajadores del puerto. Emigró a Estados Unidos como polizón en un barco de carga cuando tenía 22 años y entre los muchos trabajos que hizo para salir de la penumbra estuvo el de pintor de brocha gorda. Tenía una complexión poderosa de obrero, la talla corta, el pecho y los brazos musculosos, las manos grandes y fuertes. Durante una gran parte de su vida fue tan pobre que él mismo se fabricaba los pocos muebles que necesitaba en su casa, buscando maderas en almacenes baratos o en solares de derribos. Cuando le faltaba dinero hasta para comprar lienzos pintaba sobre cartón o sobre planchas de aglomerado. Cuando no podía ni costearse tubos de óleo pintaba con esmalte. Trabajaba ensimismado durante jornadas que podían durar el día entero y parte de la noche y cuando se daba un descanso acudía a la Cedar Tavern de University Place con los zapatos y los pantalones salpicados de pintura. Algunos de sus efectos visuales más potentes los logró usando brochas de pintor de paredes y abarcando la anchura del lienzo con todo el brazo extendido: pintando no con la mano, ni con la muñeca, sino con el brío de todo el cuerpo.

Un pintor / Toulouse-Lautrec


Yvette_Guilbert_Gants_noirs
Henri de Toulouse-Lautrec


Toulouse-Lautrec

Las mujeres miradas

Antonio Muñoz Molina
13 de noviembre de 1996


Reconocemos la modernidad inmediata de Toulouse-Lautrec en el desasosiego de caligrafía urgente que tienen siempre sus trazos, en la prisa por captar cuanto antes lo que un segundo después ya no será igual. Pinta como si dibujara, con la instantaneidad de los calígrafos japoneses, y anuncia muy anticipadamente los gestos de velocidad y audacia de Robert Motherwell o de Jackson Pollock. Pinta y dibuja lo que ve, lo que ama, lo que está descubriendo y espiando, la sustancia misma de la vida moderna, como quería Baudelaire, pero a la vez pinta; igual que los expresionistas, el acto y el gesto de pintar, las destrezas y las incertidumbres de la mano, la sucesión de parpadeos rápidos y de fulminantes decisiones que constituyen la materia de su oficio. Parece que pinta o dibuja en cualquier circunstancia, en el palco de un teatro, en el salón de un prostíbulo, en un circo, entre las mesas de un café, y que lo hace con lo primero que encuentra a mano, que muchas veces en un trozo cuadrado de cartón. No sólo vemos con los ojos, también tocamos con ellos, tocamos la textura rica y vulgar del cartón, la materialidad grumosa de los lápices, vemos el escorzo o el perfil de una cara que estarán siempre como inacabadas, y, por lo tanto, siempre haciéndose delante de nosotros.Esa mujer de espaldas, pelirroja, con el pelo impetuoso y recogido en un moño, con un pañuelo al cuello, pintada y dibujada a la vez sobre un cartón, con óleo diluido en trementina para que las pinceladas sean más rápidas y con un lápiz rojo, tiene ahora mismo una poesía de provisionalidad y de presente idéntica a la que debió de tener cuando la mano y la mirada de Toulouse-Lautrec se apresuraban para retratarla. El cartón es de mala calidad, áspero, más bien sucio, incluso tiene, en la parte superior derecha, un oscurecimiento que será de humedad: da lo mismo, esa materia tan innoble, por comparación con el lienzo, transforma su misma vulgaridad en un atributo de la obra de arte, se convierte en una parte necesaria de ella, como el mármol de una escultura de Rodin o de Miguel Ángel.

jueves, 20 de agosto de 2026

Un pintor / Picasso / El minotauro y la doncella

Escena báquica con Minotauro (18 de mayo de 1933),
de Pablo Picasso, perteneciente a la 
Suite Vollard.

Pablo Picasso

El Minotauro y la doncella

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 28 MAR 2009

El mito, decía Pavese, es contar algo de una vez para siempre: contar un cuento muchas veces y que nunca se agote su misterio, contarlo a través de los siglos y que sea siempre una revelación y al mismo tiempo un enigma. Después de ver la Suite Vollard de Picasso en las nuevas salas de la Fundación Mapfre en el paseo de Recoletos he buscado la historia del Minotauro en un diccionario de mitología griega, en las Metamorfosis de Ovidio, en ese relato de Borges que se titula La casa de Asterión. El Minotauro de Picasso tiene un cuerpo de hombre fornido pero ya no joven y un cabezón ciclópeo más de bisonte que de toro, aunque su destino sea morir en la luz cruel de la plaza y no en las tinieblas del laberinto. Para que una claridad excesiva no dañe el papel en el que están impresas, las estampas se ven en una sala casi en penumbra. Viniendo del fulgor de la calle, el lugar ya tiene algo de galería de un laberinto, sobre todo si es una hora temprana en un día laboral y no hay más visitantes.
Picasso ya no despierta la misma reverencia incondicional y abrumada de antes, lo cual sin duda es una ventaja a la hora de distinguir, en su obra innumerable, la parte más sólida, la que en vez de diluirse o desacreditarse se afirma con el paso del tiempo. Hay algo literalmente monstruoso en una fama excesiva: monstruoso porque desbarata la figura humana de un artista, volviéndolo tan superior a las figuras y los logros de los demás que hace de ellos insectos o simples adoradores; y monstruoso también porque al aislarlo a él, al elevarlo insensatamente, lo convierte en un monstruo, una criatura deforme y misántropa que se alimenta del tributo de la adoración y nunca tiene bastante, que sólo tolera la cercanía de personas serviles a las que sin embargo desprecia, condenado por su misma soberbia y por la sumisión de los demás a una soledad terrorífica. La idea del artista genial, un invento del romanticismo exagerado hasta el delirio en la época de las celebridades globales, cada vez me produce más desconfianza. Nadie merece tanta admiración. Nadie está tan por encima de sus contemporáneos ni de sus semejantes. El talento, como cualquier capacidad humana, es siempre limitado, y está bien que sea así; y también, como cualquier otra capacidad que se desarrolla mucho, tiende al desequilibrio: se es muy bueno en el razonamiento matemático a costa de un cierto grado de indiferencia hacia la vida cotidiana y las cosas tangibles; llegar a ser un sabio en un campo de conocimiento por fuerza significa ser ignorante en casi todos los demás.

Un pintor / Picasso / Patología del genio


Françoise Gilot y Picasso en 1952 



Pablo Picasso
BIOGRAFÍA
Patología del genio

Picasso, dice Richardson en sus memorias, “necesitaba desesperadamente admiradores que alimentaran su ego voraz”


El rey Midas del arte del siglo XXI es el galerista Larry Gagosian. Debe de ganar tantos miles de millones vendiendo tiburones en formol de Damien Hirst a estafadores financieros y traficantes de petróleo y de otras sustancias aún más lucrativas que tiene suntuosas sucursales de su galería en casi todas las zonas más caras de la Tierra: en Madison Avenue, en Beverly Hills, en Ginebra, en Londres, en París, en Hong Kong. Los tiburones en formol, los becerros chapados en oro, los cuadritos de lunares y los estantes farmacéuticos de Hirst son tan rentables para el galerista Gagosian como las aspiradoras en vitrinas de cristal y las panteras rosas y perritos de porcelana de Jeff Koons. El mapa mundial de sus galerías se corresponde fielmente con el del flujo de los capitales especulativos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Un escritor / Onetti me marcó desde siempre

Juan Carlos Onetti

Antonio Muñoz Molina
"ME MARCÓ DESDE SIEMPRE"
Por Juana Libedinsky

Dicen que cuando Faulkner murió, en su pueblo natal de Oxford, Mississippi, en el profundo Sur americano, las vidrieras de los negocios pusieron un cartel que decía: "En memoria de William Faulkner este negocio estará cerrado desde las 2.00 hasta las 2.15 pm, julio 7 de 1962". "Es decir, ¡quince minutos sin ganar un mísero cent!" escribió Juan Carlos Onetti, para agregar: "El muerto no podría imaginar un homenaje mayor y más sacrificado que éste de los pequeños gold diggers de su país".

Un escritor / Onetti


Juan Carlos Onetti —en una imagen de 1989— pasó años metido en la cama en su domicilio de Madrid. / FOTO: FRANCISCO ONTAÑÓN
Antonio Muñoz Molina


Un recuerdo de Onetti

En aquel anciano enfermo, anclado en su deterioro físico, había una lucidez intacta y algo que yo había encontrado siempre en su literatura: el desengaño de la vida y el amor por la vida, la propensión a una tristeza sin alivio y al mismo tiempo a una ternura pudorosa y sin límite


martes, 18 de agosto de 2026

Un escritor / James Salter


James Salter

Noches leyendo a James Salter


En pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, el autor trata de frente la muerte, el deseo y la traición

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 12 ABR 2013 - 23:16 CET


James Salter, en Barcelona en noviembre de 2007. / EDU BAYER
Hace dos semanas no había leído nada de James Salter ni recordaba siquiera haber oído o leído su nombre y hoy estoy intoxicado por su literatura. En el periódico he rastreado una entrevista con él que publicó hace años Jacinto Antón y críticas de sus libros y declaraciones de entusiasmo de José María Guelbenzu y de Marcos Ordóñez. He leído su entrevista en la Paris Review de los años noventa y he vuelto a buscarla y a leerla en Internet después de haber terminado una tras otra las dos primeras novelas de Salter que han caído en mis manos,Light Years y A Sport and a Pastime. En mitad de esas lecturas he ido a la librería de mi barrio a proveerme de otros libros suyos como quien almacena víveres. Compré un volumen de memorias, Burning the Days. Un amigo me escribió para recomendarme su libro de cuentos Last Night, y para alertarme sobre el último, el titulado así. Tiene unas pocas páginas y se lee en menos de diez minutos. Corta el aliento desde el principio y en la última página depara una descarga eléctrica. Terminé de leerlo y volví al principio, a las primeras líneas de transparencia engañosa. En esas pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, Salter trata de frente la muerte, el deseo y la traición. Last Night es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole a dejar de lado cualquier otra tarea; el cuento que si uno lo lee estando a solas quiere leer por teléfono a alguien, o tiene la tentación de contar en voz alta, como contaba de niño en el patio de la escuela una película a la mañana siguiente de verla.