sábado, 12 de septiembre de 2026
Un escritor / Joseph Roth
Un escritor / Karl Ove Knausgård
Contarlo todo
Lo que yo encontraba en Knausgård era una especie de agotadora perseverancia administrativa

viernes, 11 de septiembre de 2026
Un libro / Abasalon, Absalón, de Faulkner
William Faulkner
Las glicinias de Faulkner
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
18 OCT 2008
La noche del 31 de enero de 1936 William Faulkner fechó la última página del manuscrito de ¡Absalón, Absalón!, en su casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi. No hay testimonios sobre su estado de ánimo en ese momento, pero no nos cuesta nada imaginar la extenuación y la felicidad, el repentino vacío, el estupor incrédulo de haber terminado. Vería las páginas, el escritorio, la habitación en la que se había quedado trabajando hasta tarde, tras una niebla de ligero mareo, de humo de tabaco y alcohol. Tenía menos de cuarenta años y estaba aposentado en el centro de su vida y en la cima de su talento. Los libros no le daban para vivir ni le habían deparado todavía una consideración indudable, pero el torrente prodigioso de su inspiración no había dejado de fluir durante más de ocho años desde que un día de mayo de 1928, en quiebra y rechazado por sus editores, recibió como un golpe de claridad la imagen de una niña que escala las ramas de un árbol para asomarse a la ventana de la habitación donde su madre está muriendo y se puso a escribir en estado de trance El ruido y la furia.
Un libro / El ruido y la furia, de William Faulkner / La obra maestra

Faulkner
El ruido y la furia (Debolsillo), de William Faulkner, la obra maestra del Premio Nobel de Literatura que relata la degeneración progresiva de la familia Compson, sus secretos y las relaciones de amor y odio que la sostienen y la destruyen.
La propia editorial apunta, acerca del libro: «Por primera vez, William Faulkner introduce el monólogo interior y revela los diferentes puntos de vista de sus personajes: Benjy, deficiente mental, castrado por sus propios parientes; Quentin, poseído por un amor incestuoso e incapaz de controlar los celos, y Jason, monstruo de maldad y sadismo. El libro se cierra con un apéndice que descubrirá al lector los entresijos de esta saga familiar de Jefferson, Mississippi, conectándola con otros personajes de Yoknapatawpha, territorio creado por Faulkner como marco de muchas de sus novelas».
William Faulkner nació en Oxford (Mississippi) en 1897 y murió en 1962. Su primera novela, La paga de los soldados, es de 1926. Luego, tras una breve estancia en Europa, publicó Mosquitos (1927), Sartoris (1929), El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), Pilón (1935), ¡Absalón, Absalón! (1936), Los invictos (1938), Las palmeras salvajes (1939), El villorrio (1940),Banderas sobre el polvo (1948), Réquiem por una monja (1951), Una fábula (Premio Pulitzer 1954), La ciudad (1957), La mansión (1960) y La escapada (Premio Pulitzer 1962), que aparece poco antes de su muerte. Además de las novelas mencionadas y de su enorme producción cuentística, publicó también ensayos, poemas, cartas, obras teatrales y colaboró en varios guiones cinematográficos. En 1949 recibió el Premio Nobel de Literatura.
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Autor: William Faulkner. Título: El ruido y la furia. Editorial: DeBolsillo
jueves, 10 de septiembre de 2026
Un libro / El ruido y la furia, de Faulkner
Un libro imposible
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
25 OCT 2002
A principios de la primavera de 1928 no parecía que William Faulkner tuviera mucho porvenir, ni literario ni de cualquier otra clase. Con más de treinta años, sin ninguna profesión conocida, vivía de trabajos esporádicos, acogido como un zángano en la casa familiar, aislado en su pueblo remoto y palurdo. Estaba comprometido para casarse con una mujer divorciada y con dos hijos, su amor recobrado de la adolescencia, pero nadie sabía -ni él mismo, desde luego- cómo pensaba mantener a su nueva familia. Por esa época había hecho algún trabajo como pintor de brocha gorda, e incluso había probado a destilar licor clandestino, con el que pensaba obtener algún beneficio. Después de un viaje a Memphis, en el que perdió jugando a la ruleta el poco dinero que llevaba, descubrió que su licor había desaparecido: parte robado, parte incautado por la policía, en plena Prohibición.
Un escritor / García Márquez
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| Gabriel García Márquez Foto de Colita |
Alessandro Baricco
Todo lo que yo le debo
La desaparición de García Márquez no solo era una noticia, sino un pequeño desliz del alma que muchos no olvidarán
martes, 8 de septiembre de 2026
Un libro / Aladdin et moi, de Jeanette Winterson

Aladino, Frankenstein y la IA: una entrevista con Jeanette Winterson
Steven Sampson2 de septiembre de 2026
«Aladino y yo» , un ensayo de Jeanette Winterson, relata su encuentro con el personaje de Aladino y con Las mil y una noches . Se trata de un libro híbrido, a la vez íntimo, erudito y teórico, en el que la autora combina recuerdos personales con reflexiones sobre la historia de la ciencia, los estilos narrativos orientales y occidentales, los grandes mitos —como Drácula y Frankenstein—, la inteligencia artificial y el código binario, tanto en el ámbito de la sexualidad como en la informática. Su ensayo es cautivador.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Un libro / El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith
Una sensación de peligro
- Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Un libro / El legado de los espías, de John le Carré
La lección del maestro
Le Carré ha regresado en 'El legado de los espías' a su escritura rápida y limpia, animada por un oído excelente para los matices verbales
sábado, 5 de septiembre de 2026
La misteriosa vida de Constantino Cavafis
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| Constantino Cavafy |
La misteriosa vida de Constantino Cavafis
El enigmático poeta admirado por EM Forster y Jackie Onassis ocupa un lugar central en esta biografía poco convencional.
Michael Nott
11 de agosto de 2025
El segundo piso del número 10 de la calle Lepsius, escondido en el antiguo barrio griego de Alejandría, sobre un burdel, fue durante tres décadas el centro literario de la ciudad. Al entrar en el apartamento, protegido del sol mediterráneo, los visitantes necesitaban un minuto para adaptarse a la penumbra, percibiendo gradualmente cortinas descoloridas y muebles pesados, cada superficie cubierta de antigüedades y objetos extravagantes. No había electricidad, solo luz de velas. El anfitrión, que ofrecía bocados de pan y queso desde la sombra, era un hombre mayor de ojos enigmáticos bajo unas gafas redondas: el poeta Constantino Cavafis.
Un poeta / Charles Simic
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| Charles Simic |
Boceto de Charles Simic
Mirando de cerca al poeta Charles Simic uno difícilmente imaginaría las cosas que vieron sus ojos infantiles, los pasajes siniestros de la historia europea que forman parte de sus recuerdos personales. Simic es un hombre alto, con el pelo blanco corto y peinado hacia delante, con gafas, con una sonrisa que en seguida se vuelve sardónica. Acaba de cumplir setenta años, pero parece más joven, en gran parte porque en él no hay rastro de solemnidad, igual que no lo hay en sus versos, en los que un humor seco y una impasibilidad a lo Buster Keaton son las veladuras que cubren una médula de espanto, no incompatible por el amor hacia las cosas que hacen la vida placentera y digna a pesar de todo de vivirse. Simic parece lo que ha sido durante más de treinta años, un profesor de universidad, pero no un profesor de Literatura, sino de algo, por decirlo así, más serio, con más fundamento, un profesor de Física, o de Botánica, o de Biología Molecular, un saber disciplinado que tenga que ver con las leyes del mundo natural y los prodigios y rarezas del mundo visible. Algo que me gusta mucho de los poetas americanos es que tienden a no parecer poetas, ni siquiera literatos, y mucho menos artistas: William Carlos Williams fue toda su vida un pediatra, y se vestía como tal; Wallace Stevens era agente de seguros. Mark Strand escribe sus poemas como un sonámbulo que recordara al despertar sus caminatas por ciudades y paisajes comunes transidos de fantasmagoría, pero si uno se lo encontrara como director de su banco le confiaría de manera inmediata los ahorros.
viernes, 4 de septiembre de 2026
Un escritor / Graham Green
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| Graham Greene Ilustración de T.A. |
Antonio Muñoz Molina
Réquiem fugaz por Graham Greene
Era el sitio más raro y desolado del mundo para enterarse de la muerte de Graham Greene. Un hotel en las afueras de una ciudad del Medio Oeste norteamericano, una habitación tan hospitalaria y casi tan grande como el estadio que se veía por la ventana, a la primera luz lluviosa de un día con rasgos de extrañeza y de sueño mal recordado por culpa del cambio de hora y de la distancia. Él, que fue tan adicto a los viajes a lugares remotos como a la literatura y el whisky, seguramente había conocido esa sensación. He dicho que el hotel estaba en las afueras de la ciudad, pero es inexacto: en rigor, uno no sabía distinguir las afueras del centro, pues todo lo que los ojos podían ver era una repetición horizontal del mismo paisaje, carreteras en interminable línea recta y almacenes y hamburgueserías y gasolineras ingentes, iluminadas en la noche de rojo y amarillo, aparcamientos, edificios altos y aislados en una distancia que no parecía posible atravesar caminando, vallas metálicas. extensiones de césped, filas de casas de madera sin pintar sobre las que ondeaban banderas que parecían signos de una victoria insolente sobre la pobreza y la desgana de quienes vivían en ellas. Me habían explicado que ese edificio que se veía desde la ventana era un centro de instrucción para los reclutas que estudian en la Universidad. Por la mañana temprano, en camiseta y pantalón corto, desfilaban con fusiles al hombro sobre el césped y se podían oír muy débilmente los gritos que repetían al marcar el paso. Tal vez alguno de ellos o de ellas llevaba en la pechera de la camiseta una leyenda parecida a la que me había helado la sangre la tarde anterior: con ese eficaz laconismo del Inglés se pedía en dos palabras el exterminio nuclear de Sadam Husein. Bajo la puerta de la habitación alguien había deslizado un periódico, el USA Today, que tiene, según sus promotores, la atrayente virtud de poder ser leído con el mismo esfuerzo intelectual con que se mira de soslayo un televisor. En la primera página, a la izquierda, entre titulares deportivos, venía la noticia, junto a una foto borrosa, en blanco v negro, de tamaño carnet: a los 86 años, Graham Greene acababa de morir en Ginebra, con la misma discreción con que había vivido y escrito durante los últimos años, casi tan secretamente como Beckett o Rulfo. Por algún motivo, en aquel lugar resultaba más difícil aceptar la evidencia. Está uno tan retirado de su propia vida en esos viajes, tan desposado de la longitud y la latitud de su alma, que no sabe exactamente quién es ni se siente dueño de sus propios recuerdos. Debe de ser una sensación parecida a la que notaban los navegantes antiguos cuando llevaban unos días sin ver la línea de la costa de donde habían partido: sin los puntos de referencia que suministra la costumbre, la realidad más coriácea se disuelve en una especie de niebla. La identidad de uno, su vida verdadera, lo que hacía o deseaba hasta una hora antes de subir al avión, quedan no atrás ni en el pasado, sino en ninguna parte, en un estado de suspenso. Se ha borrado la cuidadosa cuadrícula del calendario, y hasta el orden de las horas y la sucesión del día y de la noche se han roto. El viajero insomne, lúcido y más bien trastornado, siente la misma extrañeza cuando mira con incredulidad el reloj que cuando descorre las cortinas de esa ventana inmensa que da a un paisaje en el que no hay absolutamente nada a lo que su conciencia pueda anclarse. Son las dos de la madrugada y llueve de esa manera unánime con que suele llover en las llanuras sin límites de los países extranjeros, pero en el lugar de donde viene uno acaban de dar las nueve de la mañana y sin duda hace sol. Uno siente la exaltación de no pertenecer a nada de lo que está viendo, el alivio de haber perdido transitoriamente las normas del espacio y del tiempo en las que su vida se resume, pero también una angustia como de extender las manos en la oscuridad y no encontrar a donde asirse, de estar mirando objetos y rostros y escuchando voces que no son del todo reales, que tienen algo de las caras y las voces y las risas violentas de la televisión.
Un escritor / Primo Levi
En cierta calle
En la fachada de la casa de Primo Levi no hay ningún recuerdo de su presencia. No hay una placa ni un panel explicativo
Antonio Muñoz Molina
17 de mayo de 2018
1843 libros / Cámara de Comercio de Medellín












