lunes, 9 de diciembre de 2019

domingo, 8 de diciembre de 2019

Triunfo Arciniegas / Diario / Cinco millones de visitas

De otros mundos

Triunfo Arciniegas
CINCO MILLONES DE VISITAS
Cuatrovientos, 8 de diciembre de 2019

Esta madrugada, De otros mundos alcanzó la bonita cifra de cinco millones de visitas. Con 9264 entradas y 261 seguidores, se ha mantenido a la cabeza de todos mis blogs. Estoy publicando en estos días Los 25 mejores libros del siglo XXI, una lista de Babelia. A los lectores, cinco millones de agradecimientos.


DRAGON

Le sigue mi blog en inglés, Dragon, con 4456 entradas, 194 seguidores y casi tres millones y medio de visitas. Acá sigo con The 100 best novels written in English, una lista de The Guardian.

En total, son once blogs, y constituyen sin duda uno de mis mayores vicios de los últimos diez años. También pueden considerarse mi memoria, mi universidad y, sobre todo, una biblioteca ambulante.



sábado, 7 de diciembre de 2019

Casa de citas / Casanova / La vida

Giacomo Casanova

Giacomo Casanova
LA VIDA

Si es feliz o desdichado, la vida es el único tesoro que puede poseer.
Feliz o desdichado, la vida es el único tesoro que el hombre posee.



Whether happy or unhappy, life is the only treasure man possesses.




viernes, 6 de diciembre de 2019

Casa de citas / Javier Marías / Sobre la democracia


Javier Marías
Foto de Gonzalo Pérez

Javier Marías
SOBRE LA DEMOCRACIA

Hitler llegó al poder a través de unas elecciones. No ganó totalmente, aunque con las alianzas alcanzó el poder. Ahí se acabó la democracia. Eso lo han hecho todos los dictadores. Se llega democráticamente al poder y se la cargan. Muchos políticos tienen un espíritu dictatorial, son de mal perder y se revuelven contra los resultados.



jueves, 5 de diciembre de 2019

Triunfo Arciniegas / Diario / Visitas



Triunfo Arciniegas
VISITAS
4 de diciembre de 2019

Ayer tan sólo tres blogs sumaron 20.532 visitas: Rimbaud (1619), Dragon (4296) y De otros mundos (10.627). No es lo usual pero alegra mucho. Por otra parte, desde hace dos o tres meses, Dante se mantiene con las mil visitas diarias.

Hoy sucedió exactamente lo contrario: Dragón con 14.833 visitas, y De otros mundos con 6.101.

A los lectores les gustan las listas. En DRAGON estoy con The 100 best novels written in English: me quedan como unos treinta títulos por subir. Y en DE OTROS MUNDOS estoy con Los 25 mejores títulos del siglo XXI: llevo diez. Tal vez estas listas han provocado el furor de los lectores.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Casa de citas / Pasolini / Contra Cien años de soledad



Pier Paolo Pasolini
CONTRA CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Parece ser un lugar común considerar “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez, como una obra maestra. Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados -a veces con espléndida maestría- por un guionista: tienen todos los “tics” demagógicos destinados al éxito espectacular.
El autor- mucho más inteligente que sus críticos- parece saberlo muy bien: “No se le había ocurrido hasta entonces- dice él en la única consideración metalinguística de su novela- pensar en la literatura como en el único juego que se había inventado para burlarse de la gente…” Márquez es sin duda un fascinante burlón, y tan cierto es ello que los tontos han caído todos. Pero le faltan las cualidades de la gran mistificación, las cualidades que posee, como para dar un ejemplo, Borges (o en menor escala Tomasi di Lampedusa, si “Cien Años de Soledad” recuerda un poco al “Gattopardo” aún en los equívocos que ha despertado en el pantano del mundo que decreta los éxitos literarios).
Los críticos literarios deben tomar nota de un nuevo “género” o técnica, que ya pertenece históricamente a la literatura: el guión cinematográfico, y también el denominado “tratamiento”. En el guión y el tratamiento, el autor tiene conciencia de que su obra no es literaria ya que se trata de estructuras provisionalmente linguísticas, que en realidad “quieren” ser otras estructuras: estructuras, puntualmente, cinematográficas. El autor de un guión o de un tratamiento es tanto más hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración del lector en la visualización de lo que está escrito provisionalmente. El asumir tal provisionalidad (esa voluntad de la estructura de ser “otra estructura”) forma parte de la técnica literaria del guionista y, potencialmente, de su estilo.
Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos son pésima literatura- como es el caso de este libro-. Literatura indigna. ¿Por qué?
El primer acto del escritor de guiones consiste en identificar al lector con el productor. El que debe colaborar con el autor en la “transformación” de la estructura linguística en estructura cinematográfica, es justamente el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien: la mayoría de los escritores cinematográficos provienen de una élite cultural: son entonces personas que tienen la obligación, diría social, de considerar al patrón un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Pero al mismo tiempo, deben hacer que su obra le guste. Y en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario “idiota, semianalfabeto y despreciable”, tiene un solo modo de convencerlo: la degradación de su propia obra. Entonces, la inocente “captatio benevolantiae” que todo autor, en distintas medidas, utiliza para obtener la colaboración del lector, termina convirtiéndose en una operación inmoral, que envuelve al autor en la degradación por él planificada con bajeza.
La colaboración del autor con el lector- productor, tiene por lo tanto los carácteres de una abyecta complicidad: tiende a hacer de él un compañero y cómplice, degradándose a su supuesto nivel de estúpido, vulgar, conformista, cínico conocimiento de las cosas humanas.
Tal esfuerzo por simplificar, por reducir, por desdramatizar, por hacerlo todo comunicable y sin problemas reales, termina volviéndose una atroz forma de adulación del patrón: así, y para decirlo con sus propias palabras, el guionista, aún despreciando al patrón, y hasta por el hecho de verse obligado por él a un comportamiento miserable, se hace “rufián” a la par suya.
Pero ningún hombre es apriorísticamente tal como el guionista supone que es el productor: ningún hombre es apriorísticamente inferior a nosotros mismos. Y la primera regla moral de un autor consiste en considerar como su igual al lector: y si luego él identifica a ese lector como un productor, también dicho productor no puede sino ser considerado como su igual. Actuar de modo contrario a esta primera y elemental regla moral vuelve a un autor indigno de su profesión.



martes, 3 de diciembre de 2019

Triunfo Arciniegas / Diario / Los mejores 25 libros del siglo XXI





Triunfo Arciniegas

LOS MEJORES 25 LIBROS DEL SIGLO XXI

2 de diciembre de 2019



"2666", de Roberto Bolaño, es considerado hasta el momento el mejor libro del siglo XXI. Le siguen "Austerlitz", de Sebald, y "La belleza del marido", de Anne Carson. "La Fiesta del Chivo", de Vargas Llosa, "Expiación", de Ian McEwan y "Limónov", de Emmanuel Carrère ocupan los siguientes puestos. Cierran la exquisita lista de los diez primeros "Tu rostro mañana", de Javier Marías, "Borges", de Bioy Casares, "Verano", de Coetzee, y "El año del pensamiento mágico", de Joan Didion. Obras maestras aquí y en cualquier parte.



La lista continúa con "Mi lucha", Karl Ove Knausgård, "La carretera", de Corman McCarthy, "Crematorio", de Rafael Chirbes, "Dientes blancos", de Zadie Smith, "Manual para mujeres de la limpieza", de Lucia Berlin, "Zurita", de Raúl Zurita, "Postguerra", de Tony Judt, "Soldados de Salamina", de Javier Cercas, "El fin del Homo sovieticus", Svetlana Aleksiévich y "Persépolis", Marjane Satrapi.



Cierran la lista de los gloriosos 25 libros "La liebre con ojos de ámbar", Edmund de Waal, "La grande", de Juan José Saer, "Nunca me abandones", de Kazuo Ishiguro, "Anatomía de un instante", de Javier Cercas, y "Demasiada felicidad", de Alice Munro.


Como dato curioso, cuatro de los autores han conseguido el Nobel: Alice Munro y Svetlana Alexievich, Vargas Llosa y Coetzee. Dos libros de cuentos de dos grandiosas escritoras, Lucia Berlin y Alice Munro, figuran en la lista. Además de imprescindible, un magnífico y extraño libro sobre el duelo, "El año del pensamiento mágico". Y algo muy raro: un libro de poemas: la poeta canadiense Anne Carson ha deslumbrado al mundo entero con "La belleza del marido". No me sorprende la presencia de "Soldados de Salamina", la novela que le dio fama y vuelo a Javier Cercas, consagrado ahora con el Premio Planeta. ¿Quién no se quita el sombrero ante Sebald, Carrère y Coetzee? Ian McEwan y Kazuo Ishiguro, por su parte, no hacen más que confirmar la envidiable salud de la literatura inglesa. La lista se ilumina con Javier Marías, peso pesado de la literatura española y posible Nobel, y Vargas Llosa, grande para el mundo y vilipendiado entre nosotros. Corman McCarthy se cuela en la lista con una novela maravillosa y Bioy Casares con sus 1663 páginas sobre Borges. Juan José Saer todavía es un secreto entre nosotros. Y una cosa muy cierta: Zadie Smith será cada vez más grande.



lunes, 2 de diciembre de 2019

Casa de citas / Camille Paglia / Frases demoledoras

Camille Paglia

LAS FRASES MÁS DEMOLEDORAS DE CAMILLE PAGLIA, LA FEMINISTA ODIADA POR LAS FEMINISTAS


Es así, brutal en sus sentencias. No le importa que alguna de sus colegas sea lapidaria y la llame “Hitler”. Escapa -y vaya si lo logra- de lo “políticamente correcto”. Aborrece quedar bien con su interlocutor o con sus lectores. Lanza sus conceptos claros, directos, sin rodeos, aunque lastimen. Aunque dejen sin respuesta a quien se atreva a discutir con ella. Es su forma de ser. Es la forma en que Camille Paglia, de 71 años, se expresa y da a conocer sus verdades.
Escritora de grandes éxitos editoriales, Paglia es profesora de Humanidades en la Universidad de las Artes de Filadelfia. La periodista Emilia Landaluce, del diario español El Mundo, le realizó una entrevistas exclusiva donde deja entrever decenas de conceptos que contrarían lo que el mundo escucha y lee hoy sobre el feminismo.
Desde el concepto de heteropatriarcado, al que cuestiona y dice que “no existe”, hasta el mensaje dado a las mujeres entre el feminismo de los años 60 y el de los 70. El aborto y los movimientos antiabortistas y la brecha salarial. Paglia no deja escapar ninguna de las verdades que pululan en marchas y manifestaciones sin que nadie las desnude.
“Soy feminista igualitaria”, se define ante la periodista, y se explaya: “Si una mujer hace el mismo trabajo que un hombre, le tienen que pagar lo mismo. Sin embargo, ahora las feministas se apoyan en no sé cuántas estadísticas para afirmar que las mujeres en general ganan menos que los hombres. Pero esos gráficos son fácilmente rebatibles. Las mujeres suelen elegir trabajos más flexibles para poder dedicarse a sus familias. También prefieren trabajos que son limpios, ordenados, seguros. Los que son sucios y peligrosos se los suelen endosar a los hombres, que también suelen estar más presentes en áreas más comerciales. Tienen una vida mucho más desordenada, pero eso, por supuesto, se remunera”.

Camille Paglia



Durante la entrevista, Paglia responde cada pregunta con sentencias definitivas, cerradas, concluyentes. Y poco rebatibles por su claridad conceptual. Nacida en Nueva York, acaba de publicar un nuevo libro titulado Feminismo pasado y presente. Y en él vuelve a poner sobre relieve las diferencias entre la lucha que debió dar durante su juventud con los actuales reclamos.
Para Paglia, una de las grandes diferencias que se dan dentro del movimiento es que ahora no se acepta que las mujeres puedan elegir libremente. “Lo que es evidente es que las mujeres tienen también derecho a elegir diferentes caminos. Y a lo mejor para muchas mujeres el trabajo no es tan importante”.
“El problema del feminismo es que no representa a un amplísimo sector de las mujeres. Por eso se ha centrado en la ideología y en la retórica antimasculina en lugar de hacerlo en el análisis objetivo de los datos, de la psicología humana y el significado de la vida”, explica, y añade: “No creo que la carrera laboral deba ser lo más importante de la vida de una persona”.
Es por eso que Paglia critica que los actuales reclamos se centren en la brecha salarial: “Si permites que tu trabajo defina tu personalidad, es que eres un enfermo. La vida humana está dividida en la vida privada y en la pública. Y es muy importante desarrollar la vida familiar, afectiva… Centrarse solo en la vida pública puede ser propio de personalidades distorsionadas”.
Para la autora de Sexual Personae, dentro del feminismo se empezó a imponer en los 70 un discurso centrado en la ideología y orientado a las “burguesas de profesiones liberales, profesores, periodistas”, muy distinto de los 60, donde el mensaje “adoptaba el lenguaje de la clase trabajadora”. “El tipo de feminista que cree saber qué es lo mejor para las mujeres. Hay una actitud muy elitista en el feminismo”, manifestó durante la entrevista.
Otro punto que tocó Paglia en su diálogo con El Mundo es el del aborto, uno de los más controvertidos y que divide como pocos a las mujeres. “Yo estoy 100 por ciento a favor de la libre elección de las madres y de todo eso de que mi cuerpo es mío porque ni el Estado ni la Iglesia pueden decir a ninguna mujer lo que tiene que hacer. Sin embargo, respeto a los movimientos antiabortistas y me parece atroz que el feminismo los excluya de sus manifestaciones y marchas. Es ridículo. Y además, fue nefasto que la segunda ola del feminismo tuviera una visión tan negativa de las mujeres que se quedaban en casa para cuidar a sus hijos. Se las miraba como ciudadanas de segunda, y ellas, claro, rechazaron el feminismo”.

Camille Paglia

Con una profunda influencia de Sigmund Freud en sus obras, Paglia cree que se ha abandonado al psicoanálisis y sus enseñanzas en el movimiento feminista, lo que hizo que fuera “incapaz de entender o analizar las relaciones sexuales. Sin Freud no se explica lo que pasa entre hombres, mujeres, hermanos…”, dice.
“La realidad es que el único aporte de este feminismo es un análisis desde el punto de vista político. ¡Una locura! El sexo no se puede explicar con política. Lo que pasa es que estas burguesas, las feministas, lo que buscan es una forma de religión. Quieren un dogma”, respondió al ser consultada sobre Freud y su nula influencia actual sobre las activistas.
Paglia se indigna también por las “enseñanzas de género” tan de moda en universidades y centros de educación. “Es de locos. Si se crean estudios de género, qué menos que incluir el estudio de la biología, esencial, incluso, cuando, como sostienen algunos, se trata de una mera construcción social. Por eso yo digo que los estudios de género son mera propaganda y no son una disciplina académica. No hay diferencia entre este discurso y la propaganda fascista durante la Segunda Guerra Mundial”.
“Hay una crisis de roles de género y un debate solo centrado en las necesidades de las mujeres. Mientras, a los hombres se los retrata como violadores, criminales, y todo lo masculino se desprestigia”, señala la mujer formada en la Universidad de Yale. “El feminismo debería abstenerse de seguir con esa retórica tan antihombre, porque no está ayudando a que sus niños se conviertan en adultos”.
“En mi libro Sexual personae escribí que si la civilización hubiera quedado en manos de las mujeres seguiríamos viviendo en la cueva. La gente no lo entendió bien. Lo que yo quería decir es que las grandes estructuras fueron producto de los hombres. Y luego hubo mujeres que crearon a partir de esas estructuras. Y las mejoraron”, polemizó Paglia y explicó: “¿Por qué? Porque los hombres son capaces de matarse a sí mismos y a otros para llevar a cabo sus proyectos. O sus experimentos. Siempre tratan de ir más allá del conformismo, de la cueva en la que estaban las mujeres. En parte, quizás, para escapar de las cuevas porque en ellas mandaban las mujeres”.
— ¿Entonces?
— Que es muy desagradable no reconocer los logros de los hombres porque las estructuras que han creado es lo que ha permitido a las mujeres escapar de la opresión de la propia naturaleza y tener sus propias carreras, identidades, logros… Así que ha llegado el momento de dejar de vilipendiar y minusvalorar a los hombres.
— ¿Y el heteropatriarcado?
— No existe. Es una estupidez que descalifica cualquier análisis. En Occidente, las mujeres no viven en ningún patriarcado.





domingo, 1 de diciembre de 2019

Casa de citas / Paul Auster / Escribir

Paul Auster

Paul Auster
¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Paul Auster / Un recuerdo

1
  Una amiga alemana me narra las circunstancias que precedieron al nacimiento de sus dos hijas.
  Hace diecinueve años, A., que estaba embarazada y había salido de cuentas hacía dos semanas, se sentó en el sofá de su salón y encendió el televisor. Quiso la suerte que aparecieran los títulos de crédito de una película que estaba empezando. Se trataba de Historia de una monja, un drama hollywoodense de los años cincuenta protagonizado por Audrey Hepburn. Contenta por haber encontrado esa distracción, A. se arrellanó para mirar la película, y de inmediato quedó embelesada por ella. A mitad de película se puso de parto. Su marido la llevó en coche al hospital, y jamás llegó a averiguar cómo acababa la cinta.
  Tres años después, estando embarazada de su segunda hija, A. se sentó en el sofá y volvió a encender el televisor. De nuevo ponían una película, y otra vez era la Historia de una monja, con Audrey Hepburn. Pero lo más extraordinario (y A. puso mucho énfasis en ese punto) fue que la película estaba en el preciso momento en que había dejado de verla tres años antes. En aquella ocasión la vio hasta el final. Menos de quince minutos después de que acabara, rompió aguas, y se dirigió al hospital a dar a luz a su segunda hija.
  A. no tuvo más hijos. El primer parto fue en extremo difícil (mi amiga casi no lo cuenta, y después pasó muchos meses enferma), pero el segundo fue rápido y sin complicaciones de ningún tipo.
2
  Hace cinco años, pasé el verano en Vermont con mi esposa y mis hijos; alquilamos una vieja y aislada granja en la cumbre de una montaña. Un día, una mujer del pueblo vecino se detuvo a visitarnos acompañada de sus dos hijos: una niña de cuatro años y un niño de dieciocho meses. Mi hija Sophie acababa de cumplir tres, y ella y la niña disfrutaban de poder jugar juntas. Mi esposa y yo nos sentamos en la cocina con nuestra invitada, y los niños salieron fuera a divertirse.
  Al cabo de cinco minutos, oímos un estrépito. El pequeño había entrado en el vestíbulo principal, situado al otro extremo de la casa, y como mi mujer había colocado allí un jarrón con flores no hacía ni dos horas, no era difícil imaginar lo que había pasado. Ni siquiera tuve que mirar para saber que el suelo estaba cubierto de vidrios rotos y charquitos de agua, además de los tallos y pétalos de una docena de flores desperdigadas.
  Me enfadé. Malditos críos, me dije. Malditos padres, con sus malditos y torpes críos. ¿Quién les da derecho a ir de visita sin llamar antes?
  Le dije a mi esposa que limpiaría aquel desastre, y así ella y nuestra visita podrían continuar su conversación. Agarré la escoba, el recogedor y unas servilletas de papel, y me dirigí a la parte delantera de la casa.
  Mi esposa había colocado las flores sobre un baúl de madera que estaba justo debajo del pasamanos de la escalera. Ésta era especialmente estrecha y empinada, y había una ventana a no más de un metro del pie de la escalera. Menciono estos datos geográficos porque son importantes. La situación de cada cosa guarda una relación muy estrecha con lo que pasó a continuación.
  Mientras estaba limpiando aquel estropicio, mi hija salió corriendo de su habitación, que se hallaba en el descansillo de la segunda planta. Yo es taba lo bastante cerca del pie de la escalera para poder verla (un par de pasos más atrás, y habría quedado oculta a mis ojos), y en ese fugaz momento vi que tenía esa expresión de júbilo, de absoluta felicidad, que ha llenado mis años de madurez de una tremenda alegría. Entonces, al cabo de un instante, antes de que pudiera decirle hola, tropezó. La punta de su zapatilla de deportes se dobló contra el suelo, y así, sin más, sin previo aviso ni darle tiempo a gritar, salió volando por los aires. No estoy diciendo que cayera o rodara o rebotara por los escalones. Lo que quiero decir es que estaba volando. El impacto del traspié la había lanzado por el espacio, y por la trayectoria del vuelo me di cuenta de que se dirigía directamente a la ventana.
  ¿Qué hice? No sé qué hice. Cuando la vi tropezar yo me encontraba en un lugar desde el que no podía hacer nada, pero cuando ella se hallaba a mitad de camino entre el descansillo y la ventana, yo ya había llegado al peldaño inferior de la escalera. ¿Cómo llegué allí? Debía de mediar menos de un metro de distancia, pero parece imposible cubrir esa distancia en un intervalo tan breve: una milésima de milésima de fracción de segundo. Sin embargo, yo estaba allí, y en el momento en que llegué a ese lugar levanté la vista, abrí los brazos y la atrapé.
3
  Yo tenía catorce años. Era el tercer año seguido que mis padres me enviaban a un campamento de verano en el estado de Nueva York. Allí pasaba la mayor parte del tiempo jugando al baloncesto y al béisbol, pero como era un campamento mixto también había otras actividades: veladas «sociales», los primeros magreos con chicas, incursiones para cazar bragas, las tonterías adolescentes de costumbre. También recuerdo que fumábamos cigarrillos baratos a escondidas, que aprendíamos a doblar la sábana de encima de la cama de tal manera que la víctima, al meterse dentro, quedaba con las piernas atrapadas, y que hacíamos grandes batallas con globos llenos de agua.
  Nada de esto es importante. Simplemente quiero subrayar que los catorce años puede ser una edad muy vulnerable. Ya no eres un niño, pero tampoco un adulto, y vas rebotando entre lo que eres y lo que estás a punto de ser. En mi caso, aún era lo bastante joven para pensar que tenía posibilidades de llegar a jugar en la liga profesional, pero lo bastante mayor para cuestionar la existencia de Dios. Había leído el Manifiesto comunista, aunque aún me gustaba ver los dibujos animados del sábado por la mañana. Cada vez que veía mi cara en el espejo, me parecía estar viendo a otra persona.
  En mi grupo había dieciséis o dieciocho chicos. Casi todos llevábamos juntos varios años, pero aquel verano se nos habían unido algunos recién llegados. Uno se llamaba Ralph. Era un chico tranquilo, que no demostraba mucho entusiasmo por hacer regates con la pelota de baloncesto ni practicar lanzamientos con la de béisbol, y aunque no es que nadie se las hiciera pasar canutas, le costaba un poco integrarse. Aquel año había suspendido un par de asignaturas, y casi todo el tiempo que tenía libre lo pasaba tomando clases particulares con uno de los monitores. Era una pena, y a mí me daba un poco de lástima, pero tampoco demasiada, no la suficiente como para hacerme perder el sueño.
  Los monitores eran todos estudiantes de la Universidad de Nueva York, y originarios de Brooklyn y Queens. Chicos ocurrentes que jugaban al baloncesto y que en el futuro serían dentistas, contables y maestros; chavales de ciudad hasta la médula. La parafernalia de lo que es un campamento de verano tradicional les era tan ajena como la IRT[Compañía de metro y ferrocarriles elevados de Nueva York] para un granjero de Iowa. Las canoas, los acolladores, el escalar montañas, montar tiendas de campaña, cantar alrededor de un fuego de campamento, eran cosas que no se hallaban entre el inventario de sus intereses. Eran capaces de instruirnos en cómo hacer un bloqueo o luchar por un rebote, pero por lo demás se dedicaban a alborotar y a contar chistes.
  Imaginaos nuestra sorpresa, entonces, cuando, una tarde, nuestro monitor anunció que íbamos a dar un paseo por el bosque. Le había venido esa inspiración, y no iba a permitir que nadie le hiciera cambiar de idea. Ya está bien de baloncesto, dijo. Estamos en plena naturaleza, y ya va siendo hora de que la aprovechemos y demostremos que sabemos ir de acampada… o algo parecido. Y así, después del período de descanso que seguía al almuerzo, todo el grupo de dieciséis o dieciocho muchachos, junto con dos o tres monitores, puso rumbo al bosque.
  Era finales de julio de 1961. Recuerdo que todos estábamos bastante animados, y después de caminar una media hora casi todo el mundo estaba de acuerdo en que aquella excursión había sido una buena idea. Nadie llevaba brújula, por supuesto, ni tenía la más remota idea de adónde nos dirigíamos, pero lo estábamos pasando en grande, y si acabábamos perdiéndonos, ¿qué más daba? Tarde o temprano encontraríamos el camino de vuelta.
  Entonces se puso a llover. Al principio casi ni nos dimos cuenta, apenas cuatro gotas entre las hojas y las ramas, nada preocupante. Seguimos caminando, pues no íbamos a permitir que una llovizna insignificante nos estropeara la diversión, pero al cabo de pocos minutos comenzó a caer un buen chaparrón. Todos acabamos empapados, y los monitores decidieron dar media vuelta y regresar. El único problema era que nadie sabía dónde estaba el campamento. El bosque era espeso, poblado de racimos de árboles y arbustos espinosos, y habíamos caminado sin rumbo, cambiando bruscamente de dirección siempre que aparecía algún obstáculo en el camino. Y, para colmo, la visibilidad era cada vez menor. Primero porque el bosque era oscuro, y luego por la lluvia que caía y por lo negro que estaba el cielo: parecía que fuera de noche, y no las tres o las cuatro de la tarde.
  Llegaron los relámpagos. Y enseguida, los truenos. La tormenta estaba justo encima de nosotros, y resultó ser una tormenta de verano de padre y muy señor mío. Jamás había visto ni he vuelto a ver nada semejante. La lluvia caía con tanta fuerza que hacía daño; cada vez que retumbaba un trueno, sentías el ruido vibrando en tu propio cuerpo. Inmediatamente después venía el rayo, y uno tras otro caían a nuestro alrededor como lanzas. Era como si las armas se materializaran de la nada: un súbito resplandor que lo volvía todo de un vivo blanco espectral. Alcanzaron algunos árboles, y las ramas comenzaron a prender. Todo se oscurecía por un instante, a continuación se oía otro estrépito en el cielo, y el rayo regresaba por un lugar diferente.
  Naturalmente, lo que nos asustaba eran los rayos. Habría sido de estúpidos no tener miedo, y, presa del pánico, intentábamos huir de ellos. Pero la tormenta cubría una gran extensión, y allí donde íbamos sólo encontrábamos más rayos. Era una huida en desbandada, una carrera en círculos. Entonces, de pronto, alguien divisó un claro en el bosque. Se inició una breve disputa acerca de si era más seguro permanecer en un espacio abierto o seguir bajo los árboles. Ganaron los que estaban a favor del claro, y hacia allí corrimos.
  Era un pequeño prado, probablemente un pastizal perteneciente a algún granjero de la zona, y para llegar tuvimos que arrastrarnos bajo una alambrada. Uno a uno, nos pusimos barriga abajo y reptamos lentamente. Yo estaba en mitad de la línea, justo detrás de Ralph. En el momento en que él pasaba por debajo de la alambrada, hubo otro destello. Yo me hallaba a menos de un metro de él, pero como la lluvia me azotaba los párpados, casi no veía lo que pasaba. Lo único que vi fue que Ralph había dejado de moverse. Me imaginé que había quedado aturdido, de modo que le adelanté. En cuanto estuve al otro lado, le agarré del brazo y le arrastré.
  No sé cuánto permanecimos en aquel campo. Imagino que una hora, y ni la lluvia, ni los truenos ni los relámpagos cesaron un momento. Parecía una tormenta sacada de las páginas de la Biblia, y seguía y seguía, como si jamás fuera a acabar.
  Dos o tres chicos estaban heridos —quizá les tocó un rayo, quizá simplemente fue el impacto del rayo al dar en la tierra junto a ellos—, y el prado comenzó a llenarse de lamentos. Otros chicos lloraban y rezaban. Y otros, con miedo en la voz, procuraban dar consejos sensatos. Desembarazaos de todo lo que sea metálico, decían, el metal atrae el rayo. Todos nos sacamos el cinturón y lo arrojamos bien lejos.
  No recuerdo haber abierto la boca. No recuerdo haber llorado. Otro chico y yo intentábamos cuidar de Ralph. Seguía inconsciente. Le frotamos los brazos y las manos, le sujetamos la lengua para que no se la tragara, le dijimos palabras de ánimo. Al cabo de un rato, su piel comenzó a adquirir un tinte azul. El cuerpo estaba frío, pero a pesar de la acumulación de detalles ni se me ocurrió pensar que ya no volvería a levantarse. Yo sólo tenía catorce años, después de todo, ¿y qué sabía? Jamás había visto un muerto.
  Supongo que la culpa fue de la alambrada. Los otros chicos heridos por el rayo estaban como atontados, sintieron dolor en las extremidades durante una hora más o menos, y luego se recuperaron. Pero Ralph estaba bajo la alambrada cuando cayó el rayo, y quedó electrocutado en el acto.
  Más tarde, cuando me dijeron que había muerto, me enteré de que tenía una quemadura de veinte centímetros en la espalda. Recuerdo que intenté asimilar esa noticia, y que me dije que la vida, para mí, nunca volvería a ser lo mismo. Y por extraño que parezca, ni se me ocurrió pensar en lo cerca que estaba de él cuando pasó aquello. No pensé: uno o dos segundos después, y me habría tocado a mí. Lo único que recordaba era que le había sujetado la lengua y le había mirado los dientes. La boca le formaba una leve mueca, y tenía los labios un tanto separados: yo me había pasado una hora mirándole la punta de los dientes. Treinta y cuatro años después, aún los recuerdo. Y sus ojos medio cerrados, medio abiertos. También los recuerdo.
4
  No hace muchos años, recibí una carta de una mujer que vive en Bruselas. En ella me contaba la historia de un amigo suyo, un hombre al que conoce desde niña.
  En 1940, este hombre se alistó en el ejército belga. Cuando ese mismo año el país cayó en manos de los alemanes lo capturaron y lo metieron en un campo de prisioneros. Permaneció allí hasta el fin de la guerra, en 1945.
  A los prisioneros se les permitía escribirse con los colaboradores de la Cruz Roja de Bélgica. Al hombre, de manera arbitraria, se le asignó una amiga por correspondencia —una enfermera de la Cruz Roja de Bruselas—, y durante los cinco años siguientes él y esa mujer se estuvieron escribiendo cada mes. Con el tiempo se hicieron grandes amigos. Hubo un momento (no estoy seguro del todo de cómo ocurrió) en que se dieron cuenta de que aquello era más que amistad. Siguieron escribiéndose, cada vez con mayor intimidad, y al final se declararon su amor. ¿Era eso posible? Nunca se habían visto, no habían pasado ni un minuto el uno en compañía del otro.
  Cuando la guerra acabó, el hombre fue liberado del campamento y regresó a Bruselas. Conoció a la enfermera, la enfermera le conoció a él, y ninguno quedó decepcionado. Poco después se casaron.
  Pasaron los años. Tuvieron hijos, se hicieron mayores, y el mundo se volvió un poco distinto de lo que era. Su hijo acabó sus estudios en Bélgica y fue a Alemania a hacer un curso de posgrado. Allí, en la universidad, se enamoró de una joven alemana. Les escribió a sus padres y les dijo que pretendía casarse con ella.
  Los padres del novio y la novia estaban de lo más felices. Las dos familias decidieron que tenían que conocerse, y el día señalado la familia alemana se presentó en Bruselas, en casa de la familia belga. Mientras el padre alemán entraba en el salón y el belga se levantaba para darle la bienvenida, los dos se miraron a los ojos y se reconocieron. Habían pasado muchos años, pero los dos sabían perfectamente quién era el otro. En una época de sus vidas, se habían visto cada día. El padre alemán había sido guardián del campo de prisioneros en el que el padre belga había pasado la guerra.
  Como se apresuró a añadir la mujer que me escribió la carta, no había resentimiento entre ellos. Por monstruoso que pudiera haber sido el régimen alemán, durante aquellos cinco años el padre alemán no había hecho nada para enemistarse con el padre belga.
  Sea como fuere, esos dos hombres son ahora dos grandes amigos. Y la mayor alegría de sus vidas es el nieto que tienen en común.
5
  Yo tenía ocho años. En aquel momento de mi vida, nada me importaba más que el béisbol. Mi equipo era el New York Giants, y seguía las actividades de aquellos hombres de gorra naranja y negro con la devoción de un verdadero creyente. Incluso ahora, al recordar ese equipo que ya no existe, que jugaba en un estadio que ya no existe, soy capaz de recitar los nombres de casi todos los jugadores. Alvin Dark, Whitey Lockman, Don Mueller, Johnny Antonelli, Monte Irvin, Hoyt Wilhelm. Pero ninguno era tan grande, tan perfecto ni tan digno de veneración como Willie Mays, el incandescente Say-Hey Kid.
  Aquella primavera me llevaron a mi primer partido de liga. Unos amigos de mi padre tenían asientos de tribuna en el Polo Grounds, y una noche de abril fui con mis padres y sus amigos a ver a los Giants contra los Milwakee Braves. No sé quién ganó, no recuerdo un solo detalle del partido, pero sí recuerdo que, cuando acabó, mis padres y sus amigos se quedaron charlando en sus asientos hasta que todos los espectadores se hubieron marchado. Se nos hizo tan tarde que tuvimos que cruzar el campo y salir por una de las puertas centrales, que era la única que estaba abierta. Y dio la casualidad de que esa salida estaba justo debajo de los vestuarios de los jugadores.
  En el momento en que nos acercamos a la puerta, atisbé a Willie Mays. No había duda alguna de que era él. Se trataba de Willie Mays en persona, ya sin el uniforme del equipo, vestido con ropa de calle a menos de tres metros de mí. Conseguí que mis piernas me llevaran hacia él, y a continuación, haciendo acopio de todo mi valor, hice que las palabras me salieran de la boca:
  —Señor Mays —le dije—, ¿podría firmarme un autógrafo?
  Mays debía de tener unos veinticuatro años, pero fui incapaz de llamarle por su nombre de pila.
  Su respuesta a mi pregunta fue brusca pero amigable.
  —Claro, chaval —dijo—. ¿Tienes un lápiz?
  Recuerdo que estaba tan lleno de vida, hasta tal punto rebosaba juventud y energía, que no dejaba de dar saltitos mientras hablaba.
  Pero yo no llevaba lápiz, de modo que le pedí a mi padre si podía prestarme el suyo. Él tampoco llevaba. Ni mi madre. Y resultó que los demás adultos tampoco.
  El gran Willie Mays seguía allí, mirándome en silencio. Cuando quedó claro que no había nadie en el grupo que llevara nada con lo que escribir, se volvió hacia mí y se encogió de hombros.
  —Lo siento, chaval —dijo—. Si no tienes lápiz, no puedo firmarte un autógrafo.
  Y salió del estadio perdiéndose en la noche.
  No quería llorar, pero las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas, y no pude hacer nada para impedirlo. Y lo peor fue que seguí llorando en el coche hasta que llegamos a casa. Sí, estaba abatido, decepcionado, pero también irritado conmigo mismo por no ser capaz de controlar las lágrimas. No era ningún crío. Tenía ocho años, y se suponía que un muchacho de esa edad no debía llorar por algo así. No sólo no tenía el autógrafo de Willie Mays, sino que tampoco tenía nada más. La vida me había puesto a prueba, y yo no había sabido dar la talla.
  Después de aquella noche, comencé a llevar un lápiz conmigo allí donde iba. Adquirí la costumbre de no salir de casa sin antes asegurarme de que llevaba un lápiz en el bolsillo. No es que planeara hacer nada con él, pero no quería que me pillaran otra vez desprevenido. En una ocasión ya me habían pillado con las manos vacías, y no iba a permitir que eso volviera a pasarme.
  Cuando menos, los años me han enseñado esto: si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.
  Como me gusta decirles a mis hijos, así es como me hice escritor.