miércoles, 30 de noviembre de 2011

Casa de citas / Thomas Bernhard


Thomas Bernhard
CITAS

En realidad, por las catástrofes no hay que preocuparse, porque ya vendrán.

T

Todo hombre quiere al mismo tiempo participar y que lo dejen en paz.

T

Se sabe que estar solo es mucho más agradable, pero por otra parte, no se puede estar solo.

martes, 29 de noviembre de 2011

Casa de citas / Kenne Tyan / Crítico

Ilustración de Triunfo Arciniegas


Kenne Tyan
CRÍTICO

Crítico es el hombre que conoce el camino pero es incapaz de manejar.




viernes, 25 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / Locas historias de Numancia

Antonio López
Día
Estación de Atocha, Madrid
 Triunfo Arciniegas
LOCAS HISTORIAS DE NUMANCIA

Antonio López
Noche
Estación de Atocha, Madrid

En Numancia supe de un hombre que se arrancaba la cabeza por las mañanas y la llevaba al mercado en una cesta de mimbre. No lo vi, me lo dijeron. En Numancia, sucia y polvorienta, muy al norte, más allá de Puerto Escondido y Magallanes, cerca de Punta Gallinas, pues en aquella época de mi vida iba por todas partes. Me había dejado el bigote, escribía sobre ciertos amores desgraciados una novela que nunca publiqué y, durante algunos meses, hasta que perdí credibilidad, fui corresponsal de El Pregón.
            El descabezado, perseguido por las abejas, no se equivocaba de camino ni tropezaba con nadie. Las abejas, aunque enloquecidas por el dulce olor de la sangre, no se atrevían a tocarlo. La cabeza se mantenía con los ojos abiertos, y el cuerpo, separado, le obedecía. Se dice que la cabeza probaba las frutas y todo el cuerpo aprovechaba, no entiendo cómo. La gente de Numancia no se hacía esta pregunta.
Cosas raras sucedían en Numancia.
            El hombre se unía a la cabeza todas las noches. O a su cuerpo, no sé bien dónde quedaba el hombre. El suceso ni siquiera le extrañaba a su mujer, Jacinta Antúnez de Altagracia, nombre bonito y raro, como ella misma. Así llamé a uno de los personajes de mi frustrada novela, la mujer del teniente Perico, una ninfómana feliz.
Nunca olvidaré a Jacinta.
           Cuando la entrevisté para El Pregón no conseguí sacarla de su cordura, de su estado de felicidad. Tomó con firmeza mi mano cuando acerqué el fuego a su tabaco y su aroma me embriagó. Quise hundir mi cara entre sus pechos. Arrojó al techo, con regocijo, el chorro de humo. De negro, con botas y sombrero, imaginé que había amarrado el caballo junto a la puerta del bar. Para mi asombro, saboreando otro aguardiente, dijo refiriéndose a su marido:
            ─Creo que esa cabeza no es la suya, y conozco bien todo lo suyo.
            Pedro Altagracia perdió la cabeza en la llamada Guerra del Garabato y, asustado y confuso, se puso la primera que encontró. Había sido un mujeriego empedernido y, según Jacinta, perdía la cabeza por cualquier palo de escoba con faldas que se le atravesara. Con más puntería en la cama que en el campo de batalla, preñó negras desde Barranca hasta Punta Gallinas. Pedro Altagracia, alias Tiro Fijo, alegaba inocencia y juraba que había ganado las medallas en franca lid. Jacinta sospechaba que las había comprado en una casa de empeños. Lo cierto es que el hombre perdió la cabeza en el fragor de la batalla y no pudo encontrarla.
            ─¿No lo notó raro?
            ─Sí, antes no usaba bigotes ─dijo la mujer, y se zampó otro aguardiente─. Pensé que los bigotes lo hacían ver así, tan misterioso, tan interesante. Bigotes de general, mazamorreros. Con o sin bigotes, lo que importa es que el marido vuelva, ¿verdad? Caballero, por acá no llega El Pregón pero, de todos modos, cámbieme el nombre y no me ponga tantos años.
            ─¿No le pareció extraño que perdiera la cabeza?
            ─Qué va. El compadre Eudoro perdió un brazo y lo encontró tres días después en el bar del tuerto López con una botella de cerveza en la mano y más de cuarenta moscas muertas ─explicó Jacinta─. El año pasado perdió a la mujer, mi comadre Evelina, que en paz descanse, y la que encontró de reemplazo le ha salido bastante buena, una tal Anastasia de los Santos. Loca, pero bastante buena. Cierta vez perdió una oreja, como le pasa a los pocillos, y muchos hombres le echaron el cuento. A la oreja, ¿se entiende? Cuando recuperó la oreja, Anastasia hizo caso de todos los cuentos. El compadre Eudoro echaba chispas de la rabia pero la perdonó porque la mujercita no tenía la culpa de los extravíos de la oreja.
            “Sufro al pensar que el destino logró separarnos”, cantaba María Luisa Landín mientras Jacinta desabotonaba un botón de su blusa y se aireaba con el sombrero.
            Le tomé unas fotos para adornar la entrevista y me despedí. Curioso: la mujer exigía anonimato pero quería ver su foto en el periódico. En el hotel encontré un mensaje del doctor Parra, dueño y señor de El Pregón: debía viajar de inmediato a Sacramento, donde había aparecido un nuevo hijo del arzobispo Cienfuegos, que se estaba viendo a gatas para apagar los incendios del escándalo. Trabajé el resto de la tarde y envié el material al periódico, con el rollo recién tomado, cinco minutos antes de que cerraran la oficina del correo. Una muchacha negra, muy bonita, descalza, me atendió con extrema delicadeza y algo de coquetería. A su lengua larga, oscura, que imaginé en ciertas partes de mi frágil anatomía, a esa hora todavía le quedaba saliva para mojar las estampillas. La invité a un café.
─Me sabe a goma ─dijo la dueña de la lengua─. Hasta la sopa se me pega al paladar.
Mientras la muchacha ordenaba la oficina y buscaba a gatas sus zapatos, le hablé de mi trabajo, del descabezado, y me dio otros datos que por desgracia ya no pude incluir en la entrevista. Olía bien, olía a negra. Dijo que tenía un niño de meses y era la hora de la teta. Aseguró las rejas de la puerta con cadena y candado. Acomodó un morral sobre la espalda. Nos despedimos con una sonrisa y se trepó a su bicicleta. Navegué en su perfume hasta que dobló la esquina. Y ahora qué. Por un momento me sentí perdido, como una mosca en el mapa del mundo.
 Aparté el pasaje a Sacramento para el día siguiente y volví al hotel. Me fumé un Pielroja mientras garabateaba unas notas. Comí en el mismo hotel y salí a beber cerveza en El Niño Bonito. La gente se pone muy habladora en los bares. Les extrañaba que me interesara tanto en la historia del descabezado, pues no era la primera vez que se presentaba un caso así en Numancia, y hablaron del finado Sebastián Flores, quien perdió una pierna al rodar con su caballo en el Páramo de las Hermosas, una vez que venía de la guerra, victorioso y cubierto de medallas. Con un tiro terminó la agonía del caballo y esperó hasta el amanecer para que lo rescataran. El caballo le había molido la pierna y se la amputaron.
            Como todo mutilado, Sebastián Flores extrañaba la pierna, y el mismo cuerpo también la extrañaba. Le picaba la pierna que no tenía. Hasta gritaba cuando alguien se la pisaba. “La sensible”, le decía. Antes pateaba perros y puertas y ni se mosqueaba. Enano, mandón y de malas pulgas, así lo recordaba todo el mundo. Antes de la guerra había sido famoso en el circo de los hermanos Pijao.
            Un sábado por la mañana, sábado de mercado, de súbito, apareció con su pierna. La suya o una muy parecida. Y bien parecida, porque estaba como para un reinado. "Estás contento, Sebastián", le decía todo el mundo, sin averiguar dónde la obtuvo. "Estás contento, Sebastián", así se dice en Numancia cuando alguien encuentra una cartera sin dueño, un empleo seguro, una mujer complaciente. "Estás contento, Sebastián" es una expresión muy popular y funciona para casi todo. El enano no volvió a trabajar en el circo pues la nueva pierna no seguía el ritmo de la otra en las acrobacias. O de las otras porque, según las malas lenguas, Dios lo había equipado tan bien que no parecía desplazarse en dos sino en tres piernas. No se afligió Sebastián Flores. Aparte de una leve cojera que se confundía con el caminar propio de los enanos, se veía bastante bien. Siguió haciendo de las suyas, pateando puertas y perros y enamorando damiselas con más ahínco, con éxito envidiable, pues a sus virtudes de nacimiento se agregaba ahora su prestigio de héroe de guerra.
             ─No hay mal que por bien no verga ─dijo alguien.
            ─Eso no es nada ─dijo otro­─. María Luisa perdió al marido y ahora tiene dos.
            Me contaron otras historias, tantas que no supe si me vacilaban, si las inventaban sobre la marcha. Suficientes, en todo caso, para una sabrosa crónica y, de paso, para sugerirle un aumento al doctor Parra. Me emborraché aquella noche sin gastar un centavo: la gente estaba contenta de encontrar una oreja dispuesta. Una mujer me esperaba a la salida del bar. Jacinta Antúnez de Altagracia, la misma.
            ─Ya dormí la perra ─dijo, refiriéndose a la borrachera de la tarde. Lucía fresca y se había cambiado de ropa­─. Aquí me tienes, forastero, recién bañada y sin calzones.
Había dejado el sombrero en casa y su cabellera rojiza se derramaba pródiga sobre su espalda. Me dio un beso sin pedirle nada y quiso contarme la historia del pirata de la pata de palo
─Como te gustan tanto esas historias de gente que se quita sus partes. ¿Qué nombre me pusiste?
            ─Azucena Nieves.
            ─Virgen del Carmen ─exclamó─. No van a creerte. ¿Tú me crees?
            Dije que sí.
            ­─¿Crees en todo lo mío?
            ─Sin duda alguna ─juré, extasiado en la visión de sus volúmenes.
            Me contó en el parque, muerta de la risa y saboreando una limonada, la historia de la caja de dientes de la tía Serafina. Recosté la cabeza en su hombro mientras los árboles bailaban a mi alrededor. Había bebido como un caballo.
            ─¿Quieres dormir en el valle de mis senos? ─preguntó─. Lázaro, levántate y anda.
            Me enseñó algunas calles amadas. Me clavó las uñas en el brazo cuando un gato nos dio un susto de muerte. Se le soltó una palabrita: “Malparido”. Me acosó contra un árbol y me palpó la entrepierna. Bendito gato.
─Déjamelo cuando te vayas ­─bromeó Jacinta─. Los colecciono en cajitas de plata.
Se desató la lluvia y la mujer bailó descalza en mitad de la calle. La rescaté para secarle los cabellos con mi pañuelo.
            ─Tengo una escena así en mi novela ─dije.
            ─Qué honor, señor escritor.
            Sólo había publicado un libro, exitosamente ignorado, Delirios de una monja de clausura, una cosa rara, una colección de imágenes. Del libro sobre la vida y los milagros de Alejandro Cáceres, más suyo que mío, mejor ni hablar. Para el título de “señor escritor” me hacía falta paginaje.
            ─Los personajes se conocen en un aguacero y se enamoran para siempre.
            ─No sabía que escribías novelas.
            ─Sólo una, La mirada del miope, pero sigue inédita.
            ─Mal título, si preguntas mi opinión. ¿Por qué no El tuerto miope? O algo más romántico, El tuerto orina bajo la lluvia. O Los tuertos mueren de pie bajo la luna llena. No me hagas caso.
Le pregunté si podía verla otra vez, si alguna vez viajaría a Sacramento, si alguna vez dejaría al marido, y a todo dijo que no.
            ─Soy honrada, ¿qué crees? ─y soltó la risa, una risa de agua que recorrió su cuerpo como una lengua─. Ay, Arciniegas, otro hombre sin amor.
            Cabía muy bien en su vestido rojo y mis manos ansiaron abarcarla. La mente se me extravió en su divina geografía. Me pidió que le calzara las sandalias.  Rendido ante la belleza de sus pies, me pareció que era la mujer de mi vida. No me permitió acariciarle las piernas, pero insinuó que fuésemos al hotel.
            ─No tuviste una tía Serafina ─dijo, sentándose a la orilla de la cama.
            ─No.
            Sintió lástima de mí porque añadió:
            ─Sólo puedo quitarme la ropa.
            ─¿Qué más se puede pedir?
            ─Que pierda la cabeza. ¿No es lo que sueñan todos los hombres?
            Soltó la risa, manotada de canicas.
            ─Tenemos una puta que se quita las tetas, si quieres.
            –Cállate.
            –¿Oíste la historia del tuerto Altamira?
            ─Cállate.
            ─Cuando viajaba, dejaba el ojo en casa para espiar lo que hacía su mujer con otros hombres.
            ─¿No vas a callarte?
            ─Te pareces a Jorge Negrete.
            ─¿Quién?
            ─¿No lo conoces?
            ─¿Lo dices por el bigote?
            ─¿Te parezco bonita? El otro día me confundieron con Sofía Loren. A una le dicen tantas cosas para calentarle la oreja.
            Lo tenía todo y bien puesto. Nos divertimos. Levantó las piernas y apoyó los pies en la pared mientras fumaba un Pielroja de mi cajetilla. “¿Viste, Arciniegas? Tu Azucena Nieves es de carne y hueso.” Volvió a hablar de la tía Serafina, de cuando perdió el nombre, se bautizó como Mariposa y comenzó a comer tréboles.
            ─Pero eso fue hace mucho tiempo, ya no suceden estas cosas. ¿Para qué tienes la cámara?
            Fotografié sus pies, luego sus piernas, su pubis y su vientre. Ocultó el rostro entre las manos para que la tomara toda.
            ─No más ─dijo luego─. Quiero tu lengua.
            Entonces la recorrí desde el cuello hasta la punta de los pies y volvimos a enredarnos con igual entusiasmo y regocijo.
            ─“Estás contento, Sebastián” ─dijo.
            La mujer madrugó a vestirse porque su marido desayunaba temprano. Mientras guardaba sus tesoros, se me empezó a anidar un dolorcito en el pecho.
            ─Jacinta Antúnez ─dije.
            ─De Altagracia, la misma, y me voy mojada.
            Estallaba en su vestido, todavía húmedo. Me pidió otra vez que le calzara las sandalias. Rendido, quise besar de nuevo sus pies porque definitivamente era la mujer de mi vida, pero no lo permitió. De pronto tenía prisa.
            ─¿No hay tuertos en tu familia? ─dijo─. ¿Ni mancos? ¿Ni desorejados?
            Ya en la puerta, le pregunté si no le daba miedo que don Pedro Altagracia la descubriera dando besos a desconocidos.
            ─Anoche no encontró la cabeza. Se la escondo cuando me conviene. Cabeza que no ve, corazón que no siente.
            Mierda, me sentía débil.
            ─Es difícil ponerle cuernos a un marido con cabeza ajena –dijo.
No me atreví a proponerle cosas, porque para qué. Quise saber si la lluvia siempre la volvía loca, pero no me atreví a preguntar, maldita sea.
No la volví a ver.
            Tampoco volví a Numancia.

Pamplona, 1993

lunes, 21 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / El delantal


Triunfo Arciniegas
EL DELANTAL

Lo único que dejó Antonia, un delantal manchado de aceite, encima de la nevera. No más. Un delantal de rombos verdes y negros, separados por líneas amarillas, que me hace pensar en la bandera de Jamaica. Hasta el momento no he sido capaz de quemarlo o arrojarlo a la basura. Antonia barrió con todo lo suyo y parte de lo mío durante mi ausencia. Me dejó sin numerosos libros amados y parte esencial de la música. Sin la miserableza de una nota debajo de la almohada. Sin una línea que sellara su destino y el mío: Volví a la Madre Patria. Es decir, volvió a su hombre. ¿Dónde dejó mis cosas? ¿Con quién? Las aerolíneas limitan cada vez más el peso del equipaje, y el exceso cuesta un ojo de la cara. Revisando a fondo comprobé que no le interesó ninguna de mis fotografías. No supe si sentirme ofendido o aliviado. La maldije una y otra vez porque me había enamorado, deseé que la matara un rayo o la aplastara un tren, maldije al desgraciado que ahora se la gozaba, aposté que no durarían más de tres meses y hasta el sol de hoy siguen juntos y, según Celia, ya tienen un crío.
Lo que me pasa por culipronto, dirán las amistades. Por pipiloco, dirán. Lo cierto es que a Antonia Valverde le abrí las puertas de la casa sin darme cuenta, vencido por su nadadito de perra. Pensé que no era mujer para rato sino para el rato, un pelo, como dicen, nada más, un plato que se escarba mientras dura el gusto y luego se aparta. Se olvida. Eso pensé, pero Antonia me quedó gustando. Me dejó la sal de sus teticas en la punta de la lengua.
La conocí en la exposición de Vicente Alcántara. Fascinado por el esplendor de sus piernas, no recuerdo ninguna de las pinturas. En El Gato Tuerto besé su boca, su cuello, sus senos. Se acordó de algo y salió corriendo. Quise llamarla al otro día y no encontré el papel donde había anotado su número. La busqué como quien no quiere la cosa, hasta que la vi venir en bicicleta por la Avenida Jiménez, sudorosa, con los cabellos recogidos. Sonrió y me preguntó si conocía Casa de Piedra, en La Candelaria.
─Hay una furrusca esta noche ─precisó.
La saqué de la fiesta y nos refocilamos hasta el amanecer. No me molestó verla dormir en la mañana. Una luz recién hecha se derramaba por sus cabellos. La complicidad de la sábana me permitió contemplar la redondez de sus nalgas. Dios mío, qué pies tan bellos. Antonia Valverde abrió los ojos, estiró los brazos, las piernas. “Ven”, dijo. Entré en su inmensidad una vez más y luego preparé el desayuno.
            Pensé que no la vería más. La dejé ir. Desde la ventana, con el vaso de jugo de naranja en la mano, la vi alejarse. Volteó la esquina sin mirar atrás. Y comencé a leer una novela de Raymond Chandler. Era más o menos feliz en ese entonces. Leía a Chandler y veía dos o tres mujeres. El dinero llegaba, de una u otra manera: hacía fotos para dos o tres revistas, dos o tres clientes particulares, uno que otro pervertido. Mi hija vivía bien, aunque lejos, me escribía de vez en cuando, nos llamábamos en las fechas especiales.
            Pero algo quedó en el aire. Lo supe por la manera de abrazarnos cuando apareció de repente, como a las nueve de la mañana de un martes luminoso.
            ─Creí que no querías verme ─dijo Antonia.
            Bebimos café y nos enredamos desde las raíces hasta las hojas. Luego bebimos más café y nos fumamos un tabaco. Vimos Besos y balas, nuestra primera película, con una actriz mexicana que se le parecía. Y ahí comenzó el asunto. Preparábamos café, hacíamos de todo y veíamos películas, no siempre en este orden. Leíamos a Cavafis.
            Una noche de borrachera en Luna Negra dijo que tenía el alma destrozada pero que la saliva de mis besos era buena para remendar. Lo dijo riéndose y me mostró la herida. La antigua herida. Me habló de su hermano mientras se mordisqueaba la uña del meñique izquierdo. La tocaba de noche y lo quería todo. No le habían brotado los pelitos, según precisó, ni sabía qué era lo que su hermano buscaba con tanta ansia, con esa respiración pedregosa, pero estaba a punto de dárselo cuando lo mataron. “No llegó a los veinte”, precisó Antonia. Lo mataron en un potrero, desnudo, mientras montaba un caballo ajeno.
─Lo mató un policía que no duró nada ─dijo─. Alexis tenía amigos que lo querían más de la cuenta.
Se arrodilló debajo de la mesa y su arte me hizo ver el cielo.
            ─Llévame a casa, Arciniegas ─dijo─. Tengo una idea.
            En el taxi se relamía.
            ─Dime que ya te lo habían hecho ─dijo.
            No con tal maestría.
            Se relamía como una gata.
            ─Préñame ─dijo.
            No lo volvió a decir.
Cada vez venía a casa con más frecuencia, con más ideas.
            Y cada vez se quedaba más días.
            ─No me has tomado una sola foto ─reclamó.
           Pasamos varias tardes remediando el descuido. Cada vez se abría más. Hasta que se despojó de todo y comenzó a tocarse para la cámara, hasta que se abrió de piernas y sumergió los dedos.
            ─Me vuelves loca ─decía.
         Pero era la magia de la cámara, dicha del fotógrafo. Luego, contemplando las fotos, volvía a prenderse. Caía en una lujuria lenta, de nunca acabar. Andaba desnuda por la casa, como si se hubiese olvidado para siempre de la ropa, y se dormía en cualquier parte, con un libro sobre el vientre. Hasta Celia, mi ayudante, se acostumbró a ver su cuca pelada y sus teticas de perra. Parecía que nos hubiésemos comprado una gata.
            Y como tal, desaparecía sin explicaciones. Nunca se las exigí. No soy de los que se excitan imaginando a su mujer en los brazos de otro. Ni uno de los que piden detalles escabrosos de pasadas relaciones. Antonia no era una mujer celosa y tampoco quise celarla. Nunca dijo nada de Celia. Nunca preguntó por otras mujeres. Celia y yo tuvimos una sola noche de pasión. No recuerdo qué bebimos ni qué fumamos. Pero después de eso, cuando viajábamos, siempre por razones de trabajo, tomábamos una sola habitación y dormíamos como hermanitos. Nos habíamos visto desnudos un montón de veces.
            No quería a Antonia con otro, por supuesto, aunque algo insinuó. Con otro y conmigo, al mismo tiempo. ¿O sería otra broma, como la propuesta de preñarla?
            La gata se perdía y aparecía. Por si acaso, nunca cancelé las sucursales. Aunque no me lo decía, Antonia ya era esencial e indispensable. Veía su cepillo de dientes en la mañana, junto al mío, y me decía que al menos pasaría a reclamarlo. Y siempre volvía, como si nada, como si no hubiese pasado más de una hora.
            Entonces sucedió.
            Encontré por accidente un montón de dinero en su bolso. Buscaba un cortaúñas cuando tropecé con los dólares. No eran míos. Sospecho, y en algunos casos podía jurar, que me había robado: monedas, uno que otro libro, revistas, las desgarradas rancheras de Chavela Vargas, los éxitos de Celia Cruz y los boleros de María Luisa Landín, una botella de Coca-Cola antigua y una escultura de metal, un insecto de metal con las alas abiertas, antiguo recuerdo de un viaje a Caracas. Celia echó de menos un pintalabios. Me aguanté la curiosidad de los dólares casi una semana.
            ─Son de Leonardo ─dijo Antonia.
            Ah, sí, ¿pero cuál Leonardo?
            ─No lo conoces.
            Claro que no lo conocía. Antonia ni siquiera lo había mencionado.
            ─Será mejor que me vaya ─dijo, y comenzó a vestirse.
            ─Será mejor ─dije.
            Le conté la sorpresa a Celia y casi se ríe en mi cara.
            ─El hombre es su autor.
            No entendí la frase. O no quise entenderla. De pronto elegí no saber nada. Pero Celia fue bastante cruel al precisar:
         ─Leonardo Luna la tiene comiendo de su mano desde antes de conocerte, imbécil.
            La mandé a la mierda.
            ─Me voy ─aceptó Celia─. Pero a quien debes mandar a la mierda es a otra.  Me iba a tragar el chisme pero no me aguanto: se la coge desde los catorce.
            Al día siguiente llamó para disculparse por llamarme imbécil.
            ─Puedes llamarme como quieras pero no vuelvas a despertarme tan temprano.
            ─No pude dormir, Arciniegas ─dijo Celia.
            Todas me llaman por el apellido.
            ─¿Entonces cuándo vienes?
            Aceptamos por primera y única vez cubrir una pelea de perros. Sólo los perros. Los clientes se mantuvieron distantes, casi hoscos, en la penumbra. Concluimos el trabajo con la prisa de los ladrones. “La boca me sabe a sangre”, dijo Celia. Luego fotografiamos una dama de grandes aspiraciones, cierta actriz de renombre, casi otoñal, desnuda en su caballo. Sobre y debajo. Un regalito para su novio argentino, un muchachito de veintidós años que la traía loca. Celia registró centímetro a centímetro la luna de miel de dos amigas suyas y yo hice retratos primorosos de los gatos de una dama millonaria y senil.
            Recuperé una antigua sucursal e inauguré otra, que cancelé a los cinco días por motivos triviales. La ausencia de Antonia me hería, me escarbaba como un cuchillo en la boca del estómago. Quería oír sus chillidos de gata, quería oír sus frases: Quiero más, riégate, vente, lléname de semen. Compré un televisor que no necesitaba y regalé unas camisas. Discutí en Luna Negra con un amigo muy querido.
            ─Estás hecho un demonio ─dijo Celia─. Si Antonia no aparece, tendré que ir de rodillas a ver al Señor de la Humildad.
            ─Voy contigo.
            Antonia volvió tres semanas después, con otro peinado y las uñas recién pintadas. Tiramos como nunca. Ronroneó tres días y luego dijo que se iba.
            ─Y vuelves ─repliqué.
            ─No, querido.
            Quise saber a dónde.
            ─A España, la Madre Patria ─dijo.
            ─¿Con Leonardo?
            ─Llego a su casa.
            No hice más preguntas.
            ─Por unos días, mientras me organizo.
           Dejé de escucharla. Se fue pero no para siempre. Creo que pasaron quince meses. Quince o veinticuatro. O novecientos catorce días.
            La vi sola, muy delgada y algo ebria en Luna Negra, y me acerqué a saludarla.
            ─En la misma ciudad ─dijo, citando una canción.
            ─Y con la misma gente. ¿Cuándo llegaste?
            ─Hace diez días ─precisó Antonia.
            ─¿No pensabas llamarme?
            ─Pensaba hacerlo, pero no creí que te gustaría.
            ─Conversar no hace daño.
            Conversamos. Las cosas habían salido mal. Leonardo estaba preso. Había caído con unos cuantos kilos de cocaína. O desvalijando la mansión de un viejo pervertido en Madrid, con dos colombianos jóvenes y un peruano de apellido japonés. No entendí bien debido al estruendo de la música y los efectos del Bacardí. ¿Primero cayó Leonardo y luego los socios? ¿O todos al mismo tiempo, en la mansión del viejo? ¿La coca pertenecía al viejo? En todo caso, el hombre estaba en la guandoca y Antonia se había quedado a la deriva. Estuvo a punto de volverse loca en un cuarto de hotel en Lisboa, donde un amante adinerado le incumplió una cita. Pedí otra botella y Antonia siguió soltando la lengua. Me contó con pelos y señales el primer viaje, con setenta bolsas de cocaína en la barriga, setenta dedos, y casi se muere del susto. Una sola bolsa que estalle y la mula estira la pata. Le abren el vientre para extraerle la mercancía y la abandonan en un potrero como animal de carroña. Para colmo de males, en Madrid casi no puede expulsar las malditas bolsas.
            ─No pensaba sino en la gallina de los huevos de oro ─dijo.
            Volví a reír.
            A reír con ganas.
            Bailamos.
            Volvimos a tirar, volvimos al café y las películas. La lamí toda y seguí sediento. Mordí sus nalgas, mordí sus teticas de perra, mordí sus labios. Esculqué con mi lengua ansiosa todos sus agujeros. Le pedí que trajera sus cosas, pocas, por cierto, y que viviéramos juntos de tiempo completo. Podría decirse que fuimos felices. Celia, discreta, nos dejaba solos.
            En la calle la obligaba a caminar delante de mí para contemplar extasiado la perfección del universo. Con esos jeans ajustados o esas falditas de fantasía. En sandalias. Sin brasier. Y con esa cara de niña. Me sentía el lobo feroz.
            No me habló de Leonardo una sola vez.
            Ni de España.
            Nunca tuve el ojo para ver malas señales.
            Una noche desperté asustado y la sorprendí mirándome, sentada junto a la ventana, desnuda. Me levanté y la traje a la cama. No dijo nada. No hice preguntas.
            Le compré el delantal en Paloquemao, donde mercábamos los sábados. Lo vio y lo quiso.
            ─Soy tu esclava ─explicó.
            Apenas volvimos a casa, se desnudó, se ató el delantal y preparó un arroz con vegetales que sabía a cielo. Antonia era el mismo cielo. Bastaba soltarle el delantal para corroborarlo.
            Y eso fue todo.
            Lo supe en Cartagena, a donde viajé con Celia el fin de semana a cubrir una boda de ricos y famosos. Trabajamos duro y parejo el viernes: durante la ceremonia y la parranda. Algo raro tienen los funerales y las bodas. La libido se dispara. Parejas, no siempre mixtas, se aislaron para refocilarse en el jardín, en los baños, en cualquier cuarto que se dejara violar. Un actor de telenovelas, galán famoso, se divertía con dos muchachitos, y una periodista de la farándula intentaba seducir a la mujer del viceministro de cultura. Si Celia y yo fuésemos chantajistas, seríamos obscenamente millonarios.
Para la tarde del sábado se había programado un paseo a una isla privada con las parejas de la noche anterior, las deshechas y las recién hechas, con los tríos, con alguna recién preñada, con uno que otro arrepentido, con la mujer del viceministro toda untada de besos, con el actor marica y su novia oficial, una despampanante modelo que empezó su carrera con un comercial en la tele, donde saltaba casi desnuda en la punta de los pies sobre la arena caliente hasta alcanzar una cerveza helada bajo una sombrilla de colores.
El domingo en la mañana terminaríamos el trabajo con las fotos de las abuelas y las tías, y en la tarde volaríamos de regreso.
           El sábado me levanté temprano, corrí las cortinas y contemplé las nubes, las mismas que se apartaron para dar paso al avión que a esa hora llevaba a Miami a los recién casados. Vacié las tarjetas en el portátil y eliminé las fotos desenfocadas. Celia no había regresado cuando salí del hotel, con la cámara de bolsillo. Entusiasmada con un bailarín negro, se me había perdido después de medianoche. La imagen de los novios en el aire me hizo sonreír. Novios de Chagall, retorcidos de dicha en el trance de un beso. En la tierra anidaba la amargura. Noviembre había hecho estragos en la ciudad. Después de las fiestas, que culminan con la elección de la mujer más bella del país, un viento despiadado revolcó los barrios más miserables. Sucios y hambrientos, los pobres se paseaban por las calles de los ricos. Un viejo sin dientes, en pantuflas, repartía poemas y burbujas. Una negra esplendorosa de apenas dieciséis años arrastraba de la mano a un italiano decrépito. Una loca con el vestido desgarrado huía del viento. Me agaché a recoger una moneda. Una niña se me ofreció a cambio de un plato de comida. Le tomé una foto, le di unos billetes y me alejé antes de que me cayera la policía, acariciando la moneda como si fuese un amuleto. Sentí que el peligro, ladrón invisible, me acechaba.
            Recién salida del baño, Celia se secaba los cabellos con una toalla blanca. Iba a correr la cortina para que no la vieran desnuda cuando dijo:
            ─Van a soltar al hombre.
            Caí en un pozo sin fondo.
            ─Leonardo ─precisé─. ¿Y por qué esperaste a que llegáramos acá para abrir el pico?
            ─Recién lo supe, corazón, acaba de llamarme un pajarito.
            ─Creí que le darían más años.
            ─Ignoro los detalles, querido. Sólo sé que el hombre sale en unos días.
            Vi a Antonia, muerta de frío, esperando que abrieran las puertas del penal, y sentí lástima. Le dejé las cámaras a Celia para que cubriera el paseo y todo lo demás. Entre súplicas y algo de teatro, conseguí cupo en el último vuelo del sábado. Hice apuestas con la moneda. Si es cara, Antonia me espera para jurarme amor eterno. Si cae sello, no la volveré a ver en el resto de la puta vida. Cara, me abraza desnuda. Sello, una carta de despedida. Cara, sello. No llamé ni siquiera del aeropuerto. La temblorosa llave no entraba en la rendija. Olí como un perro hambriento el rastro de Antonia en toda la casa. Ni cara ni sello: ni abrazo ni carta. Encontré el delantal encima de la nevera.

Santiago de Chile, 2005



viernes, 18 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / La casa de las lunas


Triunfo Arciniegas
LA CASA DE LAS LUNAS

Debo confesarlo: toda la vida he sido un lector apasionado, desde mucho antes de enamorarme de Melissa Walter. Di con ella luego de leer una extenuante biografía de Picasso, tres novelas de Calvino, todos los cuentos de Poe y Crónica de pobres amantes, pues así de dispersas han sido siempre mis lecturas. Entonces, hechizado por Flaubert, sobrellevaba con Emma Bovary, su personaje, un sudoroso romance que pervirtió mi adolescencia. Quise salvarla del seductor y del médico mediocre y terminé perdido. Aún veo la zapatilla balanceándose en la punta de su pie, el carruaje del deseo que atraviesa la ciudad con sus amantes dentro, la mano pálida y desnuda que se asoma a la ventanilla para arrojar la lluvia de papel de la carta del rechazo. Aún me veo en la cama del solitario, ansioso y delirante.
            Entonces Melissa Walter me sometió a la dura prueba de olvidar a Bovary. Confieso que no parecía un libro especial: una edición lastimosa, un ejemplar maltratado. Quiero decir, era como todos, como un soldado en un ejército o, mejor, como un ladrillo en la pared. No más de doscientas páginas sin un solo subrayado, sin una sola acotación, y un título que juzgué demasiado largo, Verano en la casa de las lunas. Una traducción, por supuesto. Su autor había muerto recientemente, según rezaba la tapa, pero por la fecha de la edición calculé que llevaba unos diez años bajo tierra. Aunque aquella tarde me debatía entre El desprecio, de Moravia, y Sangre de amor correspondido, de Puig, lecturas tan aplazadas y esperadas, decidí probar las delicias del verano. El viento de la dicha pasaba las páginas y la belleza me dolía en los ojos. El mismo viento que palpa los pezones de Melissa Walter a través de la blusa “como una mano enamorada”. La muchacha, toda una preciosidad, hace autostop durante las cien primeras páginas, con distintas aventuras, hasta llegar a la casa de campo de su abuela, una loca feliz que pinta pequeñas lunas doradas en todas las paredes y se viste como una quinceañera. Cualquiera se detiene ante el resplandor de las piernas de Melissa, la llamarada de sus cabellos, el elemental hechizo de su sonrisa. Todos la pretenden pero nadie la consigue. Melissa se contempla en el espejo el lunar entre los senos, se pinta la boca y colma de besos el espejo, los besos rodean una verga roja. Los pezones brotan furiosos entre las yemas de los dedos. Melissa lee a escondidas las cartas de amor de la abuela y admira en las fotografías la belleza de su juventud. "Polvo que se va y no vuelve", murmura. En la cocina, con las piernas abiertas, despluma el pollo de la cena. Esquiva con gracia los acosos de Abelardo Cabeza de Piedra, el hombre más rico de la región, cuya casa es el escenario de las fiestas más escandalosas: hombres y mujeres, desnudos y trabados, alrededor de la piscina. Allí, en la finca, Melissa aprende de la vida con la abuela y del amor con un muchacho que fabrica jaulas en la vecindad. De esta última relación encontré memorable la escena del río donde se baña desnuda, luego de hacer el amor por primera vez, de pie, contra un árbol cuya corteza le lastima su trasero de diecisiete años. El muchacho le muerde la piel enrojecida, brillante como un pez, entre risas y chapoteos. Para divertirse, ella le escribe frases de amor sobre el vientre, y él le promete que alguna noche cabalgarán desnudos en el caballo del patrón. Llegan los últimos días del verano y las cosas se complican.
            Luego, un final breve y anhelado: el muchacho de las jaulas defiende a Melissa del patrón lujurioso y huyen en tren hacia el mar mientras el patrón, don Abelardo Cabeza de Piedra, borracho, se ahoga en la piscina.
            Ya era de noche cuando salí del libro. Como casi siempre, el último lector, el que se va cuando empiezan a apagar las luces y la bibliotecaria lleva más de media hora observando su reloj y zapateando. Un borracho de imágenes que no sale al alba del delirio sino a la noche de otras páginas. Otro libro, a mitad de camino, junto a la almohada. Cierto recelo de mezclar las historias, de contaminar a la bella Melissa con otros personajes, me detenía, me desviaba del camino a casa. Bebí un café en El Ángel Tuerto y llamé a Fernanda. Su madre me informó que había viajado a Sacramento “para hacerse ver los ojos”. Fernanda me debía algunos libros y unas cuantas noches. Tal vez recuperara los libros. Una brisa de alfileres barría las calles de Lejanías. Unos adolescentes se besaban con hambre en un escaño del parque y unas veinte personas, con abrigo y bufanda, hacían cola para ver Sombras y niebla, con Woody Allen y Mia Farrow. Tampoco quise mezclar niebla y lunas doradas. En la esquina de la Playa con Bahía de los Santos (tan lejos del mar y con esos nombres) se había amontonado la gente. Un accidente de tránsito tal vez. "Un ladrón", dijeron. Un ladrón de relojes que huía en bicicleta burló el pare y se estrelló contra un taxi. Una mujer describió cómo el cuerpo se estrellaba contra la pared mientras la bicicleta seguía avanzando por la orilla de la acera. No me acerqué a conocer el rostro del bandido. No encajaban lunas doradas y bandidos ensangrentados. La brisa helada me empujó a casa. La soledad me envolvía como una campana de cristal. No quería ver a nadie, sólo gozar, saborear el instante, ladrón de imágenes. Tocar el lunar entre los senos, despertar los rosados pezones.
            Me enamoré de esta muchacha, no pude olvidarla. En alguna reunión de borrachos Felisberto dijo que conocería a una mujer preciosa y se enamorarían hasta la locura y no podríamos soportar verlos tan felices, más allá del bien y del mal, hablé con verdadera imprudencia de la novela y, cuando llegué al episodio del río, alguien me contradijo en los detalles. "Melissa vende jaulas", dijo Victorio más adelante, cuando se me acabó el hilo y sólo quise dormir en el sillón y no saber más de este mundo, y Felisberto aclaró que Melissa hace las jaulas para que el muchacho, que se dedica a las cometas, las venda en el pueblo. Las cometas sólo se venden en agosto. En fin, los tres que conocíamos la novela contamos tres versiones distintas. Un desacuerdo nos animaba para precisar otros y a medida que hablábamos más nos distanciábamos. La muchacha no llega a la casa de las pequeñas lunas doradas haciendo autostop sino en bicicleta, según Victorio, y en el jeep de un médico amigo, según Felisberto, aunque coincidimos en el esplendor de las piernas, las hojas del camino, un gato en una venta de artesanías. Contaron incidentes que yo no recordaba. Victorio y Felisberto, con cierta pasión, discutieron sobre unos cuantos personajes que en mi lectura pasaron desapercibidos. Ambos aseguraron que el muchacho empuja al patrón a la piscina. Por dinero, según Victorio, y por celos, según Felisberto.
            Tal vez hastiado del silencio, de cabecear como un pájaro, Silvio propuso que leería la novela para nosotros y que, por favor, cambiáramos de tema. Acudió a la biblioteca pública, donde se encontraba el único ejemplar que conocíamos en Lejanías, lejos de todo, y nos reunió tres noches después junto a una botella de vino. El lunar de entre los senos que, según Felisberto, asciende al cuello, y, según Victorio, se acerca a la nariz, ha desaparecido. ¿De todo el divino cuerpo? No sería la única contrariedad: Silvio, complacido, nos dejó con la boca abierta. Dijo que la muchacha no hace ni vende jaulas: se dedica a cuidar pájaros. "Ardillas", precisó Felisberto. "Pájaros", insistió Silvio. En todo caso, la muchacha da de comer a los animales casi desnuda: la abuela, algo loca y enamorada de un fantasma, no se fija en las cosas de este mundo. "Un poco ciega", dijo Felisberto. "Y loca", insistió el narrador. Melissa llega a la casa de la abuela en el jeep de su padre. Aunque sigue enamorada de un estudiante de medicina que pasa las vacaciones en San Fernando del Chorro, una ciudad cercana, donde viaja con frecuencia embutida en unos jeans recortados casi a la altura de las ingles y una blusa mal abotonada, Melissa se entretiene con el muchacho que asea la piscina de una mansión de los alrededores. En las noches cabalgan desnudos en un caballo blanco. La luna los sorprende bañándose. Don Abelardo Cabeza de Piedra le ofrece a Melissa cuanto tiene a cambio de sus amores y muere accidentalmente en la piscina luego del rechazo. El estudiante de medicina también muere ahogado, en un pozo del río. Melissa y el muchacho, que retozan desnudos en el bosque “una vez por página”, descubren el cadáver. Por último, acosada por los remordimientos, Melissa huye hacia el mar sin despedirse del muchacho.
            Observé que en todas las versiones, sola o acompañada, Melissa abandona las páginas de la novela. Es decir, la casa de las pequeñas lunas doradas.
            No me reí cuando después de la botella inicial y otras que aparecieron como por arte de magia, Silvio se acercó, puso su mano en mi hombro y dijo, tan complacido como antes: "El lunar se le corrió al culo en la página 92". Le agradecí que no divulgara el secreto y entonces, con esa mirada de pájaro, me echó el cuento: "¿Cuándo vas a prestarme Madame Bovary?"
            Trastornado por la versión de Silvio, y sobre todo por ese segundo muerto, torpeza de narrador, torpeza estética que desmejoraba la novela, abandoné la reunión con ganas de esconderme. Me molestaba ese gesto de Silvio, como persiguiendo con la mirada una mosca invisible, y el continuo chasquear de sus dedos. Luego acepté que pretendía culparlo, como si se hubiese inventado la versión de la novela cuando Silvio no era dado a tales vicios. La dicha se esfumaba. La gente había salido de cine con la cabeza llena de sombras y niebla y era tarde. Vi un muchacho que corría con una cartera de mujer. Entré a La vaca que ríe y pedí una cerveza en la mesa del fondo, de espaldas a todo el mundo. Quería pensar. Al levantar el vaso y tocar la espuma, una mano se posó como un pájaro en mi hombro. Desde esa mano fui por un brazo hasta un hombro desnudo, luego a una garganta y luego a un rostro perseguido. “Lorena Álvarez”, dije. Venía ahora cuando el ansia no era la misma. “Anselmo”, dijo. Le sonreí mientras me borraba el bigote de espuma. "Oh dulces prendas por mí mal halladas", suspiré. La mujer confesó sin preámbulos que me buscaba, vi su decisión en la rigidez de su boca y me dejé llevar. Preguntó por Fernanda y le dije que seguía en Sacramento. Hablamos de cualquier cosa casi a gritos, luego salimos, maldiciendo el volumen de la música. Le ofrecí mi chaqueta. Tropezó, la sostuve y ya no nos separamos. No nos dijimos nada por el camino. Vimos la luna pero no la comentamos. Pateamos una tapa de cerveza hasta que desapareció por la rejilla de un desagüe. Ya habíamos llegado cuando citó una línea de una canción: "La luna es testigo de mi enfermedad". La esperé en la cama mientras iba al baño. ¿Todas van al baño antes de hacer el amor? Se desvistió y vino a mi lado.
            No nos volvimos a ver. No fue una gran noche. Sólo nos sirvió para acabar la ilusión y darnos a conocer un mutuo desamparo. Me dormí mientras Lorena contaba la película que explicaba su vida: siempre hay una tragedia a punto de saltarle a uno a la cara. A medianoche, tal vez más tarde, cuando su mano de algodón me recorría, la penetré con cierta violencia. Sólo cuando besé sus senos sin pezones supe que la había estado confundiendo. Lorena, por su parte, me llamó con otro nombre. En la mañana, después de los huevos y el café, cuando nada más ansiaba su ausencia, en vez de resolver los secretos se quedó mirando uno de mis paisajes, una laguna con patos, unos en el aire y otros con el pico en el agua, y dijo que le gustaba. Lo apretó contra su pecho cuando le dije que se lo quedara.
            Acudí a la biblioteca pública de Lejanías y al principio creí equivocarme de libro porque no encontré a Melissa Walter. La novela comienza con la vida disparatada y feliz de la abuela entre lunas y pájaros dorados, las cartas de Melissa, las visitas del jardinero, que habla de una novia que vende pájaros en San Fernando del Chorro. La vida de las ardillas, el verano que pudre las hojas, la ceguera de un médico que se retira del oficio, el amor otoñal al borde de la piscina entre la abuela y Abelardo Cabeza de Piedra. Un caballo sin dueño se desboca al abismo. Todos hablan de Melissa, todos la esperan. Pero el verano ya acaba y ella no aparece. Todos alimentan la certeza de que vendrá. Sorpresivamente, la novela concluye sin ahogados.
            Devolví el libro como un plato que las horas han echado a perder y volví a casa con un profundo malestar. Sin Melissa, delicioso hilo vertebral, el mundo de la novela era un caos. No tuve el coraje para intentar otra lectura. ¿Dónde estaba Melissa Walter? Le comenté la desaparición a Felisberto y no hizo más que reírse. Parecía muy entretenido y feliz, no quise saber por qué, con quién. Con Felisberto se extraviaban los límites de la realidad. Nunca le creí el cuento de la negra que preñó en Pinar del Río, una tal Juliana Hamilton. ¿Cuándo? “Hace años”, decía siempre, pero no tenía ni una foto de la negra ni una carta ni nada. Nos despedimos pronto. Me encargaron un par de paisajes y casi no puedo acabarlos. Los colores habían perdido el brillo y hasta me fallaba la perspectiva. Victorio, preocupado, me aconsejó que visitara al médico. Mi dolor estaba más allá de los huesos. Le pregunté a Victorio cómo explicaba tantas contradicciones y replicó que si no se contradecía no había conversación. Quise saber de Silvio y dijo que nadie lo volvió a ver desde que leía a Proust. Tampoco supo darme razón del misterioso Felisberto. Sólo dijo que lo había visto muy bien acompañado por una rubia de largas piernas. Rubia o pelirroja, dudó, todavía hechizado por el esplendor de las piernas. "¿De ojos claros?", dije sin pensar. "Como que azules", dijo Victorio y añadió con malicia: "Felisberto encontró el lunar". Cambió de tema, ignorando mi ansiedad: quería comprar un gato para Adriana. Caí al vacío, no pude dormir. En casa de Felisberto, al otro día, me dijeron que se había ido a un largo viaje con una amiga. La hermana y la madre no coincidieron en el retrato de la muchacha, pero aseguraron que Felisberto tardaría en regresar. Los esperé, siempre pregunté por ellos. Victorio hablaba del gato y la preñez de Adriana, y Silvio andaba un poco loco, escribiendo un tratado de metafísica para publicar en fascículos y hacerse rico. Cuando lo visité con Madame Bovary bajo el brazo, en un caserón que había sido de su abuela y que se estaba cayendo a pedazos, podría decirse que no me reconoció, aún entretenido con la mosca invisible. Por todas partes había botellas transparentes vacías. No le pregunté la razón porque temí que dijera que las usaba para guardar los pensamientos. "Buena suerte, Silvio", le dije y desaparecí con la novela. La última vez que vi a Victorio estaba demasiado ocupado como para conversar de esto y lo otro. Llenaba un camión con sus chécheres porque se trasladaba a Bogotá por un trabajo mejor, ahora que tenía tantas responsabilidades, y miró hacia la puerta, donde Adriana sostenía un gato y se soplaba el mechón de la frente. Así, frágil y adormecida, con sus pequeños pechos y un hombro descubierto por la imprudencia del gato, parecía pintada por Balthus. Aún no se había desvanecido el polvo que la vio brincar la tángara en la calle. Pregunté por Felisberto, y Victorio sólo dijo: "¿No lo has visto?" Le ayudé a acomodar el televisor. "Trae la caja del gato", dijo a su mujer, tal vez para alejarla de la puerta. "Anselmo, puedes quedarte con Nabokov", añadió sin mirarme. Me sorprendió. Me había prestado Lolita un par de años atrás y creía que no se acordaba. Como todos, enriquecía la biblioteca personal con el olvido y los descuidos de los amigos. Victorio dijo Nabokov en vez de Lolita. La niña perversa siempre había sido suya. Entonces me di cuenta cómo se parecían Adriana y el personaje de Nabokov. En cierta forma, Victorio viajaba para llevarse consigo el escándalo que significaba la preñez de Adriana, apenas una adolescente. En Bogotá, entre siete millones de desesperados, no se notaban estas delicias. Victorio no sabía con exactitud su nueva dirección pero prometió enviarla. A Lejanías nunca llegó.
            Tropecé con la madre de Felisberto en una tienda de artesanías y dijo que su hijo bien amado había escrito. Al día siguiente, cuando pasé por su casa, no pudo localizar la carta y tampoco estaba segura de haberla leído. “¿Venía de Cartagena, Teresita?”, le preguntó a la hija. La visité varias veces y bebí un chocolate que me revolvía el estómago, empeñado en una cacería de datos que el tiempo movía como piezas de ajedrez. La madre de Felisberto ya no recordaba mis borracheras con su hijo, el amado florero de la tía Ágata que hicimos pedazos, el vómito en la alfombra, las serenatas destempladas. Luego se confundía de hijo y siempre que le pedía noticias de Felisberto me hablaba del menor de sus muchachos, en el ejército desde el año anterior: "Ya va para veinte meses, cómo vuela el tiempo, Teresita". La última vez que la visité, la anciana masticaba pétalos de rosa en un rincón de la cocina, con esa mirada de vaca que siempre la acompañó. Ni siquiera me ofreció chocolate. La hermana de Felisberto, por su parte, se encerró en la soledad y el hastío luego de una desilusión amorosa. Esa última vez me arrinconó para preguntarme si la pintaría desnuda.
            ─Sólo pinto paisajes ─dije, asustado.
            Se desgarró la blusa y soltó una carcajada.
            ─¿Te gusta este paisaje, niño Anselmo?
            Ya no quise preguntar más. La memoria de Felisberto se desvaneció. Lo imaginé tocando el piano en el bar de una ciudad donde nadie lo conocía. Una mujer hermosa, que se iba con cualquiera, bailaba en el escenario. La visión de sus piernas, largas y pálidas, como un cuchillo que nos desgarra sin piedad. La visión de sus brazos, de sus manos, de sus dedos, que asoman desde unos guantes negros, largos, arrancados como una piel, con dolorosa lentitud. La falda, negra o roja, que se abre como un telón. El espectáculo del origen del mundo: la cálida, húmeda y vegetal cueva de los deseos, los chillidos de gata en la oreja, la materia del tormento derramándose en su cuerpo, en cualquier parte de su divino cuerpo. Felisberto esperaba a su Melissa junto al piano y el amanecer, tal vez colgado del hilo de humo del cigarro. A veces regresaban juntos a casa, zizagueando por calles mal iluminadas, ella embriagada y riéndose, y él, pálido y cansado. Se detenían a manosearse en cualquier esquina. Él le acariciaba la cara como un ciego que ansía recorrer a una antigua amada, y ella le chupaba los dedos con hambre de niña, hasta que lo obligaba a arrodillarse para que le oliera en su entrepierna el aroma de otros hombres. Pero no era más que mi imaginación, que cada vez me pasaba un film distinto.
            Fernanda volvió a Lejanías de un día para otro y se llevó sus cosas. No me buscó ni me dejó los libros. Supe, no por su madre sino por una vecina, que ya tenía marido en Sacramento.
            Pintaba peor, debo reconocerlo. Aprendí algo de ebanistería. Si bien ocupaba las manos con un juego de sillas de dudoso estilo, la mente divagaba. Me acostaba rendido, con la espalda hecha pedazos, y la mente daba vueltas como un perro que se persigue la cola. ¿En qué parajes, acosados por la sed, fornicarían hasta morir?
            Quedaba una posibilidad: el traductor, un tal R. H. Fonseca. Como mi inglés nunca fue bueno, y en las pocas páginas de Playboy que pretendí entender nunca me liberé de la muleta del diccionario, ni siquiera contemplé la posibilidad de esculcar la novela en su idioma original. Desde la infidelidad del título, pues Moonhouse se había tergiversado en Verano en la casa de las lunas, el tal Fonseca me molestaba como una mosca que no se deja atrapar. Acudí al directorio de la capital y solicité sus datos en Ediciones Mandrágora. No tenían el teléfono ni la dirección, sólo sabían que Fonseca vivía en Pamplona. Decidí viajar de inmediato. Podía tomar el autobús a Sacramento y de ahí el tren o el avión hasta Pamplona. O acercarme a Málaga y cambiar de autobús para atravesar el páramo. Lejanías, lejos de todo. Fui a Málaga, saludé casi corriendo a Teodora y Anita, mis tías, que me hicieron un par de encargos que olvidé de inmediato, y siete horas después, por una carretera destartalada y con las nalgas planas, entré a la niebla de Pamplona. El Norteño, el periódico local, se regocijaba con el hallazgo, en un bosque cercano, de una mano de hombre con una uña pintada. Me registré en un hotel modesto y comencé las averiguaciones. Nadie, nadie sabía de Fonseca. Dos días después, cuando me retiraba del Hotel Victoria para tomar el autobús de regreso, alguien me dio una pista. "Hable con el profesor Helio Buitrago", y me indicaron la casa. En una hoja que arrancó de su libreta, con una sonrisa de picardía, el profesor Buitrago dibujó a lápiz un mapa. "Raimundo Humberto Fonseca fue profesor de filosofía hasta el día que se paseó desnudo por los corredores de la universidad", me dijo. "Tuvo su cuarto de hora de gloria nacional cuando publicó en Imágenes un cuento erótico sobre la Virgen María." Mojó la punta del lápiz en la lengua y una flecha señaló el sitio de la casa, en las afueras de Pamplona, como a dos kilómetros, por una carretera maltratada, bordeada de pinos empolvados. Atravesé un puente de madera sostenido por suspiros y alguien me señaló la casa con el dedo. Aún más frágil que el puente y más empolvada que el camino, parecía a punto de rodar montaña abajo. Oí un grito en la lejanía: alguien reclamaba una cometa. Miré a todas partes pero no vi a nadie. Empujé un portal que no atajaba las vacas, pues debí espantar una, y trepé por unas escaleras de tierra que habían perdido su nombre, evitando los excrementos antiguos y recientes que las adornaban. Toqué y nadie acudió. Entreabrí la puerta, llamé varias veces y seguí. Entonces lo vi, borracho, sentado al borde de la cama, alumbrado por una vela ensartada en el pico de una botella verde. Me miró sin asombro, tal vez confundiéndome con uno de sus antiguos alumnos, y me ofreció una copa a medio llenar. La acepté. Le oí hablar de su hija, casada con un militar detestable que la golpeaba, y de un nieto que nunca quiso ver. Pasé saliva ante la foto de la muchacha en la mesita de noche, junto a la botella que sostenía la vela. Melissa, pensé. Ojos azules. Rubia. A ese rostro resultaba fácil adivinarle un cuerpo blanco y largo. Pero no era. "Mi hija, la misma cara de su madre a los diecisiete años", explicó Fonseca. "¿Por qué las mujeres siempre se van con el peor?" En una pausa le lancé la pregunta del tormento. "¿Quieres saber de Melissa Walter?", me dijo con dolor. "Melissa Walter no existió." Se quedó mirándome, como armando la frase antes de decírmela. "Yo inventé a Melissa Walter, desde los pies hasta el lunar de la teta izquierda, toda", dijo. "¿Viste sus pies? Todos quieren besar los pies de Melissa. Alguna vez tuve el placer." Atolondrado, le pregunté si no se trataba de una traducción fiel y se rio a trancazos. "La traducción de un infiel. La traición, como se dice. En asuntos de traducción, amigo, las fieles son feas, y las bonitas, infieles. Todo lo inventé, desde el título. Pinté todas esas lunas en las paredes. Primero sólo había una luna de aluminio a la entrada de la finca. Pero no importa, nada tiene importancia en esta vida, el escritor murió y ya fue olvidado, nadie lee esa novela, no se vendió mucho. ¿Cómo la conseguiste?" Fonseca no conservaba ningún ejemplar y el manuscrito de su traducción se extravió en la editorial. Lo oí un largo rato, quemando mi garganta con el aguardiente que insistía en ofrecerme. "Melissa es mi mujer: nunca supe quién era." No quise hablarle de nuestras lecturas y él tampoco preguntó. Le bastaba con su propia desgracia. Se recostó y se quedó dormido. Apagué la lumbre y dejé la casa de prisa.
            Fue un largo regreso. Como si viniera en otro hombre, me miraba las manos y me revisaba los huesos de la cara. A mi dolor se sumaba el dolor de otro. Melissa, tan hermosa y feliz, nacida del espanto y la soledad, aún me habitaba. Era como saber los pecados de la mujer amada, cuando el hombre maldice pero no renuncia y reacomoda con dolor sus principios porque sabe que sin ella la vida es imposible. El autobús, que se quejaba como cama de amantes, se detenía con frecuencia para dejar y recoger pasajeros. En el puesto siguiente, adelante, perturbándonos a todos, incluso al chofer, que balanceaba un palillo entre los dientes y de cuando en cuando espiaba por el espejo, una pareja se acariciaba con el descaro habitual de los enamorados. El hombre hundía su cara entre el pelo de la mujer para olerla y ella ocupaba en algo sus manos. Suspiramos aliviados cuando se bajaron en uno de esos pueblos polvorientos y entonces vi la preñez, que conducían como un cáliz. No era ella. No era él. Me acomodé junto a la ventanilla y me adormecí durante el resto del viaje. Ya era de noche cuando llegamos a Málaga y mis tías se acostaban temprano. Bebí un café horrible y en una banca del terminal me acomodé a esperar el siguiente autobús, junto a un viejo ciego, que me preguntó la hora y me habló de caballos.
            Sigo leyendo, no me he detenido en el ejercicio de la única pasión de mi vida. A veces, en la biblioteca, cualquier tarde me detengo frente al ejemplar de la novela y contemplo su lomo. A veces lo toco con la punta del índice. Quisiera saber de mi amigo, ahora que soy el único que lo recuerda, quisiera saber de Melissa Walter, de quien sigo enamorado, pero no sé si soportaría saberlos tan felices en la casa de las lunas.

Bogotá, 1990