domingo, 27 de febrero de 2011

Mujeres

Fotografía de Klaus Peter Nordmann

Triunfo Arciniegas
MUJERES


La urgencia me hizo marcar tres, cuatro, cinco veces, el número de Pilarica Trespalacios, pero no me contestó. No quería verme desde que me sorprendió con las manos en la masa en El Decamerón. Digamos que entonces era mi novia oficial, casi mi mujer, mi equilibrio sexual, el pan de cada día y todo eso. Ay, Pilarica y sus tres palacios. Decidí caerle de sorpresa a Beatriz, pero el sorprendido fui yo. Estaba borracha con dos señores. Abrió la puerta a medio vestir o, con más exactitud, a medio desnudar, descalza y despeinada. Me invitó a seguir. Pero no me pareció buena idea, sobre todo al ver a los señores: un periodista que reseñaba libros en revistas de vanidades y un vendedor de electrodomésticos. Donde comen dos, comen tres, pero todos quedan con hambre.
          En la calle tropecé con Marina Valdivieso. Apenas me saludó. Iba con su propia urgencia. Su propia lujuria. Me quedé viendo el delicioso movimiento de sus caderas hasta que dobló la esquina y me pregunté si aún se acordaría de las cosas que hicimos en la azotea mientras abajo velaban a doña Angustias Mendoza. De eso habían pasado casi tres años.
          Sorprendí a Simona Acuña en la entrada de la farmacia Don Berna y me dijo que tenía el niño enfermo, que otro día me invitaba. Por educación, respondí que esperaba su llamada.
          –Y te leo las cartas –añadió.
          Simona fue una de mis vírgenes. Hizo de todo conmigo menos perder el virgo. Luego se enredó con el cojo Ángel María y resultó preñada. Se iban a casar, pero al cojo le dieron tres balazos en el bar de Osiris y Simona casi se vuelve loca. Ya no era tan certera con las cartas.
          Las parejas se besaban con ansia en la penumbra de la Plaza del Obelisco. Unas en los escaños, otras entre los árboles. Algunas terminarían en las pensiones cercanas y otras ya hacían cama entre las flores. Reconocí a Margarita Escobar a pesar de los pocos bombillos que quedaban con vida. Me había jurado amor eterno y ahora agonizaba debajo del gordo Peralta. A esa hora, por lo visto, no quedaría libre un solo escaño en el Parque de los Enamorados.
         Tomé un taxi hasta el apartamento de Teresa Benavides. Me abrió llorosa y demacrada, víctima no del mal de amores sino de la gripa asiática.
         –Detente, animal –dijo, cruzando las manos delante de mí.
          Pregunté qué animal.
          –Un pulpo, por supuesto –dijo Tere.
          Por mutuo acuerdo, me despedí pronto.
          Vi a tiempo a Maribel García, sola y vestida de negro. Me escondí en una cafetería mientras pasaba. Fue bonita, dulce y graciosa en otra época. El flaco Valdivia la pintó desnuda y la envició a la marihuana. Antonio Soler le escribió poemas y le propuso matrimonio. Pasamos tres días perversos en una pensión de mala muerte en Bogotá, a escondidas del flaco Valdivia, y pensamos repetir. Pero se fue con un tipo a Caracas y volvió chiflada. No se supo qué le hicieron. Lo cierto es que Maribel andaba sola a cualquier hora, unas veces más ida que otras, pero siempre de negro, con la mirada fija en el piso y la cabeza casi pegada al hombro izquierdo, y cada vez más gorda. Una vez conversamos. “Hace siete años que no tengo novio”, dijo. Sus ojos conservaban el brillo de los años felices pero sus ropas olían a perro mojado. Confesó que le daba cabezazos a las paredes y se le caía el cabello a manotadas. Prometí llevarle una novela de Kundera a su casa pero nunca lo hice.
          Mientras vigilaba los pasos de Maribel, desde una de las mesas me observaba Elenita Montes, la que desordenó el hogar de los Meléndez: arruinó al padre y sedujo al hijo. La señora Meléndez se suicidó. Luego se supo de su cáncer de mama. “Preferible muerta que sin tetas”, dijo Vicky Pedregal, que me contó el chisme con lujo de detalles, algunos de su propia cosecha. El joven Meléndez se fue de policía mientras el viejo recorría las calles, bebiendo de cantina en cantina, tembloroso y mal vestido. Y ahí estaba Elenita como si nada, una culicagada, una cagarruta, con esas tetitas de perra y el culito de avispa, mirándome, mientras sorbía Coca-Cola con el pitillo, en compañía del gordo Aratoca, que derramaba la baba.
          Me hice el bobo y salí a la calle.
         Como andaba cerca, pasé por donde Ruby, también llamada La Semáforo, porque después de medianoche nadie la respetaba, y me sorprendió encontrarla tan cambiada. Había engordado, se había dejado crecer el cabello y se vestía como una señora con tres hijos y un marido borracho. Lo peor de todo lo supe de inmediato: estudiaba la Biblia en la sala con dos amigas mayores, algo canosas, bigotudas, con trajes monacales. Me pregunté si esas dos habían sido tan locas como Ruby.
          –Ganarás el pan con el sudor de la frente –dije.
          –¿El señor conoce la palabra de Dios? –dijo uno de los esperpentos.
          –La hermana Ruby nos habla mucho de usted –dijo la otra.
          –¿Qué les dice?
          –Que usted es un caso perdido –dijo una de las dos.
          –Soy la oveja negra de la familia –declaré con humildad.
          –Arrepiéntase –dijo una–. El tiempo se le acaba.
          –Ay, hermano, los años se escapan como agua entre los dedos –dijo la otra.
          –Estamos en el final de los tiempos, hermano.
         Un descuido y la familia crece que da miedo. De un momento a otro ya tenía tres hermanas. Me picaba la lengua. Quería preguntarle a Ruby si se dejaría el bigote, si la próxima vez la visitaba con veladora y camándula, si le traía de Bogotá un Sagrado Corazón. Alguien me contó que las monjas engordan a propósito para mantenerse a salvo de los deseos de los hombres.
          –¿Café? –dijo Ruby–. ¿De qué te ríes?
          Rechacé el café, gracias, y pies en polvorosa.
          –No sólo de pan vive el hombre –dije.
          El trote me puso sediento.
          Entré al bar de Osiris y pedí una cerveza. Pensé en volver a casa y hojear el diario, repasar las cartas de las más enamoradas, esculcar los cajones de las fotos, pero entonces vi unas medias de malla, unos muslos que querían escapar de las medias, unos tacones asesinos, unos senos generosos, una boca en flor. Tal vez tuviese suerte con la carne fresca.
         Le pregunté cualquier cosa:
         –¿Perdieron los Diablos Rojos?
        –De fútbol no sé nada, caballero –dijo la mujer, parpadeando como una vaca enamorada. Y de béisbol, menos–. Pregúntele a mi marido, que ahí viene.
         Un negro de tres metros de alto por dos de ancho venía del baño, acomodándose la bragueta. Decidí que él tampoco sabía de fútbol, abandoné la cerveza y salí a la calle.
         Alguien me tocó el hombro.
         Pasé saliva antes de voltear a mirar.
        Pero era Víctor Mario Hernández, más conocido como El Chinche. Quería saber cuándo le devolvería la novela de Capote. Pasado el susto, me dio rabia verlo, tan chiquito, tan imbécil, con los dedos de la mano izquierda retorcidos como raíces. El traje a rayas, la corbata de pepitas y el bigote le daban la apariencia de un niño disfrazado de adulto. El mechón blanco se le veía ridículo. Parecía que se lo pintara todas las mañanas, como las damas que se inventan lunares. ¿Me pediría apoyo económico para otro de sus fantásticos proyectos? Desperdiciaba el tiempo escribiéndole al presidente de la república, a García Márquez, a Shakira. Juraba que el Papa le había resuelto una duda teológica.
         –Pronto –dije.
         –Pero qué pálido.
         –El paludismo –dije.
         –Cuídate, hermano.
          ¿Otro? Tuve ganas de decirle: “¿También tú, Bruto?”. Pero entonces me acordé que la mujer le pegaba y, sin más palabras, huí como alma que lleva el diablo.
          Llamé a Vicky Pedregal desde un teléfono público y me respondió que pasara de inmediato. Al fin, suspiré, el dios de los últimos tiempos me salvaría la noche. Por arte de magia un taxi apareció de inmediato. Pero su dueño, un viejo asmático, había perdido toda clase de afán. De la mejor manera, le pedí que se diera prisa. Respondió que los viernes había mucho borracho y me contó el chiste del albañil que una noche llegó a su casa vestido de policía. Sonreí por cortesía. El chiste no era malo sino muy traqueado. La brisa del río se colaba por entre los árboles hasta la ventanilla. Me sentí plácido y hasta feliz. Un cigarrillo me hubiera caído de maravilla.
         Encontré a Vicky en plena parranda. Tan flaca que parecía de alambre. De alambre dulce, por supuesto, apto para deliciosas contorsiones. No cabía una aguja en su casa y no conocía a nadie. Muchachitos que se retorcían como epilépticos entre el humo y la penumbra. Niñas con el ombligo al aire. La misma Vicky, que se había teñido el cabello de todos los colores, todavía se vestía como una adolescente, y pocos amigos suyos pasábamos de los treinta.
         –¿Conoces a toda esa gente? –grité, por encima del estruendo.
          –Ni a la mitad –dijo Vicky, muerta de risa.
          Le pregunté por su hija Juanita.
          –Hace como tres meses que no la veo –dijo–. Me quitó otro novio.
          –Le conseguí las memorias de Marcello Mastroianni.
          –Te va a dar vuelta y media. ¿Qué hay de Rexona?
          –¿Cuál Rexona?
          –“Rexona no te abandona.” No te hagas, Rexona Olivos. Todo se sabe.
          –Ah, Roxana, Roxanita –suspiré–. ¿Y el pecoso?
          –¿Adolfito? Se fue a estudiar diseño en Barcelona.
          –¿Lo vas a esperar?
          –Nadie espera a nadie, niño. De todos modos, ya se lo levantó una italiana de veintidós años, una condesa o algo así. Y dime qué puede hacer una plebeya del norte de Boyacá ante tal competencia.
          Encontré un rincón para beberme una cerveza y luego, buscando el baño, no sólo para aliviar la vejiga sino para escapar del monótono estruendo, en uno de los cuartos sorprendí a una niña dándole placer con boca y manos a dos adolescentes.
          Vicky había decorado el baño con falos de madera.
          –¿Eres o no eres? –le dije al hombre del espejo.
         Abandoné la fiesta casi de inmediato, sin despedirme. Entré a una tienda y revisé mi libreta de teléfonos. Llamé a Roxana Olivos, por supuesto.
         –Tengo marido otra vez, querido –dijo.
         Le pregunté quién.
         –El mismo, querido, el mismo.
         Nerviosa, no sé si lloraba o reía. Suplicó que no dejara de llamarla, nunca se sabe. Seguí revisando la libreta. Una había muerto, dos habían viajado al exterior y otra se había dedicado a perseguir mujeres con envidiable éxito. Marqué el número de Berenice Dosquebradas y nadie contestó. Volví a marcar y nada.
        –¿Qué haces? –gritó un amigo desde su camioneta, cuando salía de la tienda.
         –Nada, voy a casa.
         Me acordé de una frase ajena: “Uno siempre regresa al hogar cuando no es capaz de conquistar el mundo”. ¿Dónde la había leído? “Te acerco, don Juan”, dijo el amigo, cuyo nombre no conseguí recordar. Juan tampoco era mi nombre y la burla me pareció perfecta. Me había levantado con el pie izquierdo y el nombre equivocado. El amigo quiso saber qué hacía por esos rumbos y frenó para esquivar un perro. Me ofreció un cigarrillo. Trataba de dejarlo, pero acepté.
        –Vengo de la fiesta de Vicky Pedregal.
        –Vicky, qué loca. ¿Supiste que se empelotó una noche sobre una de las mesas de El Decamerón?
         –No es la primera.
         –Pero qué tetas.
         Cierto, qué tetas, me había olvidado de las grandes virtudes de Vicky.
         –¿Tú estabas?
         –Me tocó llevarla a su casa –dijo el amigo.
         –Y te fue bien, por supuesto.
         –La ética me impide revelar los detalles, don Juan. ¿Una cerveza?
         Dije que otro día, con mucho gusto. La mala suerte me mordía los talones. Mejor me quedaría quietecito en la cama mientras pasaba el vendaval de la desgracia. Aparte de eso, me dolían los pies.
        El teléfono repicaba como loco cuando llegué a casa. Terco, pensé que al fin encontraría la solución a mis urgencias, pero era Pilarica, mi novia oficial, el palacio de la dicha, mi pan de azúcar, llena de rabia.
       –Acuéstate, descansa, recupera fuerzas, cariño, ya no estás para esos trotes –dijo, y tomó aire–. Sinvergüenza, descarado, malparido, ya sé que te la pasas con una y otra.






Bogotá, 2006
Mujeres muertas de amor

viernes, 25 de febrero de 2011

La mano en el bosque


Triunfo Arciniegas
LA MANO EN EL BOSQUE


1
Lucas Malerba, estudiante universitario y destacado atleta, encontró la mano mutilada cubierta de moscas en el bosque de sus ejercicios sexuales la tarde del 13 de noviembre de 1997. Por supuesto, no era la primera vez que recorría el bosque con la amiga de turno. Lo conocía a profundidad, casi árbol por árbol, hasta los rincones más secretos, donde no llegaba la curiosidad de los niños que burlaban la escuela, e incluso lo había recorrido alguna noche desnudo y sin extraviarse, y pretendía el mismo conocimiento con la hija del doctor Malaver. Habían bailado un par de veces en El Decamerón, habían visto televisión hasta tarde y apenas se habían tocado. Las películas de Tom Hanks la hacían llorar. "Las parejas que atraviesan el bosque de la mano, quedan encantadas", dijo Lucas medio en broma, medio en serio. Ella le ofreció la mano y él la guió hacia uno de esos lugares secretos. Acababan de recostarse y encender un tabaco de marihuana cuando descubrieron la mano mutilada entre los tréboles. La hija del doctor Malaver se desmayó y Lucas tuvo ante sí dos tareas: despertar a la muchacha y entregar la mano a la policía. Por suerte no la habían destrozado los perros ni la habían devorado las hormigas. De pronto, Lucas supo que la mano podía esperar y ni siquiera espantó las moscas. La mano no tenía a dónde ir, entre otras cosas: ningún saludo pendiente, ningún adiós, ninguna partida de naipes. Una mano de hombre con una uña pintada. Lucas fumó el tabaco despacio, regocijado, hasta quemarse los dedos, como dándole tiempo a la muchacha para que despertara por su propia cuenta. ¿Cuántos cuerpos había tocado esa mano, cuántos billetes, cuántas copas de vino? ¿Cuántos sexos húmedos, cuántas lágrimas, cuántos pies tibios? Y ahora, sólo una mano muerta, un desperdicio. Después de la última chupada y excitado por el lujurioso pasado de la mano, Lucas acarició el rostro de la bella durmiente, se atrevió a besarla, le separó los labios con la lengua y hasta la consagró con un trébol en la frente. "Soy un sapo, mi reina de tréboles", dijo con voz ronca. "Vas a desencantarme." Bajó a su cuello y, una vez abierto el cierre de la chaqueta, a sus senos. Mordisqueó los pezones dormidos y luego recorrió con la lengua un vientre pálido, suave y salado, y se extasió ante la profundidad del ombligo. Citó un verso de Neruda: "Soy más pequeño que un insecto". Estrechándose, aplanándose, la araña de su mano penetró en el más bello y profundo de los bosques, de breves, suaves y bien pulidos árboles, y exploró la fuente de los deseos. Luego, con la garganta seca, Lucas Malerba deslizó el pantalón y los calzones por debajo de las nalgas mientras la muchacha realizaba un movimiento cómplice. Lucas descubrió y separó los muslos, y luego la hizo suya, y la muchacha despertó toda empapada, gritando de pasión. En fin, llevaron la mano a la estación envuelta en un pañuelo, y un policía con cara de palo registró la información. "¿Qué hacían ustedes en el bosque?", preguntó el policía. "Caminar", dijo la muchacha. A pregunta idiota, respuesta ídem. Después de la penosa diligencia, se detuvieron en una heladería y, cuando Lucas quiso saber si se había desmayado de verdad, ella dijo con cierto placer: "¿Estás desencantado, lobo feroz?" Lamió con regocijo el helado de chocolate y añadió: "¿Para qué llevan las niñas al bosque?"


Fotografía de Gabriele Rigon
2

La mano fue depositada en un frasco de alcohol mientras se encontraba a su dueño. Alguien la fotografió a escondidas. La historia de la mano, cada vez más disparatada, hechizó a los lectores de la página roja de El Norteño durante tres días. El nombre de la hija del doctor Malaver fue sabiamente escamoteado mientras la mala reputación del atleta corrió a mil por hora pero no en su contra. Las muchachas lo buscaban para que les contara con pelos y señales la historia de la mano y se excitaban como locas en el sitio del hallazgo. "¿Qué hacen las niñas con una mano en el bosque?", bromeaban. Sobra decir que el dueño de la mano nunca fue encontrado y el misterio de la uña pintada se conservó para siempre. Mucho tiempo después un teniente borracho cambió el alcohol por ron. La mano se descompuso y fue arrojada a la basura.

To the earth
Fotografía de Rebekka

3

La hija del doctor Malaver prefirió gritar en otros lugares: una pensión, el apartamento de un amigo, un auto. Su vientre se hinchó de tantos gritos. Lucas Malerba, con razón, no se hizo responsable. Últimamente la muchacha gritaba con quien fuera y donde fuera. Hasta se dijo que entretuvo con su lengua a dos negros debajo de una mesa en La Gata Coja. Cosas así se murmuraban en las paredes y, con dibujos demasiado explícitos, en los baños públicos. Alguien le oyó a la hija del doctor Malaver la historia de una mano peluda que la asustaba por las noches. La pobre amanecía con los pelos en la boca. Escupía, vomitaba, maldecía. En su honor se compuso una canción obscena sobre los placeres de la mano. El doctor Malaver hizo borrar de las paredes los letreros que la hicieron famosa y la envió de vacaciones a Cartagena, donde su ansiedad no encontró alivio. Según se supo, diversas manos la enloquecieron. Después del parto, la encontraron desnuda en la playa, con su dedo pulgar en la boca. No recordaba ni su propio nombre.
Fotografía de Chris Peterson
4


¿Lobo feroz? Lucas Malerba se había sentido en el bosque como un sapo encantado, como un insecto, como una araña tal vez, pero nunca como un lobo. Olvidó sin dificultad a la hija del doctor Malaver con una estudiante de matemáticas que lo acompañaba acezante por el bosque de sus ejercicios. Si se rezagaba, la veía como una oveja a punto de perder su lana, y si se adelantaba, como una perra en celo, mientras él sólo era otro de los tristes animales del deseo.



Pamplona, 1997
Mujeres muertas de amor




miércoles, 23 de febrero de 2011

Astilla


Triunfo Arciniegas
ASTILLA

La mujer presionó el timbre con firmeza, una sola vez, y casi de inmediato la muchacha se asomó por la ventana del segundo piso.
          –Diga.
          –¿Elisa?
          –Sí.
          –Vengo a hablar con usted –dijo la mujer.
          –¿Qué se le ofrece?
          –Sobre Humberto –dijo la mujer.
          La muchacha cerró la ventana. La mujer pensó que no la vería más aunque insistiera con el timbre durante el resto del día. Casi en seguida la oyó descender las escaleras. O le pareció. Oyó que alguien giraba el seguro y apretó el bolso contra su cuerpo. Y entonces la vio, desde los pies en pantuflas hasta su cara morena, sus cabellos breves y negros, sus ojos grandes, su boca grande, su nariz fina. Una belleza a pesar de la palidez del susto. "Usted me disculpará la molestia", dijo la mujer. Cuando la muchacha la invitó a seguir, la mujer apreció su cintura de avispa, su culito parado, sus piernas brillantes. No esperaba menos: una pequeña y bien moldeada belleza. Subieron las escaleras. Atravesaron una sala que servía de comedor y cocina, y entraron a un pequeño cuarto de estudiante. La mujer se identificó como la esposa de Humberto.
          –Lo adiviné al verla –reconoció la muchacha–. Pero no sabía que usted existía. Se lo juro, señora. Siéntese, por favor.
          La mujer depositó el bolso en la mesa y se sentó en la única silla del cuarto. Se había maquillado y vestido con esmero, sin exageraciones, se había juzgado sin piedad frente al espejo. Más que digna quería verse hermosa, aunque nada podía hacer una mujer de treinta y siete años contra el esplendor de los diecinueve. No podía disimular el maltrato de los años, los bultos que comenzaban a dibujarse bajo los ojos, la dureza de la boca. Supo que acudía al campo de batalla con las armas desgastadas. La muchacha se preguntó con cierto asombro cómo Humberto se había enamorado. Por supuesto, ignoraba que la mujer fue bonita, loca y feliz, y que los años llegan atropellados y desmoronan los sueños.
          –La costumbre que tiene Humberto es esperar a que estén bien enamoradas para decírselo.
          –¿Bien enamoradas?
          –Sí. ¿Usted lo quiere?
          La muchacha no respondió. En el cuarto apenas había espacio para la silla y las piernas recogidas, una cama estrecha, un frágil escaparate para la ropa limpia y una cesta de mimbre para la sucia. El televisor del tamaño de una caja de bocadillos, junto al teléfono, la grabadora y la torre de cassettes, algunos libros, papeles, lápices, todo encima de la mesa que servía de escritorio, planchadero y comedor. Afiches de cantantes y actores semidesnudos en las paredes. Y un letrero: Sé feliz y no mires con quién. "¿Café?", ofreció la muchacha, y la mujer aceptó. Trató de grabar en su mente todos los objetos, hasta que la muchacha regresó con el pocillo. Encima de la mesa, tres lápices de madera gigantescos, con las sabidas frases de amor, adornaban un pocillo de graciosas vacas negras. La mujer saboreó el café, amargo como sus días, y bebió sin mirarla.
          –¿Cuándo se conocieron?
          –En marzo pero sólo me convenció hace tres meses. Ya sabrá de su insistencia.
          –Su lengua es peligrosa.
          Ella, la muchacha, lo sabía muy bien. Casi se estremeció al recordarlo. Su lengua. La mujer, por su parte, trató de precisar el tiempo, de limitarlo, de disminuirlo, de menospreciarlo: noventa días. Suficientes, sin embargo, para corromper a una tonta e inexperta muchachita. Ya estaría toda encoñada, ya tragaría tierra por su hombre. Una espina le atravesó el corazón al imaginarla con las piernas abiertas en la estrechez de la cama.
          –Lo supe hace como una semana. La demora fue encontrar su casa. Sé mucho de usted, Elisa Durazno. Hace tercer semestre de filosofía, lee en francés, le gusta el teatro. Quiere viajar a Canadá. Sé que dejó un novio por Humberto. Sé que es la hija mayor, que nació en Bogotá pero que vive en Piedecuesta con sus padres y dos hermanos. ¿Su mamá se llama Teresa?
          –¿Tienen hijos?
         –Tres, sin contar el que perdí el año pasado. Todos suyos. Él sabe con precisión el momento en que los concebimos.
         –¿Enamoradas? ¿Han caído muchas?
        –Usted no es la primera. ¿Sabía que tiene otra en Sacramento? Hasta se parecen. Le traje unas fotos.
         La mujer enseñó fotos de todas las épocas del hombre, con distintas mujeres, a veces las mujeres solas, casi siempre ligeras de ropas.
         –No traje las vulgares –explicó la mujer–. Le gustan las cosas raras. Una vez me empujó a una iglesia con el propósito de violarme en uno de los confesionarios. No me pareció decente y le arañé la cara. Esa misma noche se emborrachó y me pegó por primera vez. Cuídese, le digo. Puede que no le pegue pero no tardará en compartirla con sus amigos. ¿A usted ya la fotografió?
          –No sabía de su mala fama –dijo la muchacha–. No sabía que fueran tantas.
         –A todas les promete una moto, pero a ninguna le cumple.
          –¿Por qué no lo deja?
          –Eso venía a pedirle –dijo la mujer–. No le conviene. Tiene el futuro por delante.
          –¿A usted le conviene?
          –Es mi marido. Ya estoy acostumbrada. Pasado mañana será otra.
          –No debió molestarse entonces. Si pasado mañana será otra significa que me dejará pronto. Déjelo usted, señora. Usted es bonita. Puede conseguirse a alguien.
         –Soy mujer de un solo hombre, a la antigua, y una, como mujer, tiene sus necesidades. Usted me entiende. Las muchachas de ahora cambian de amante como de ropa: de un día para otro. En fin, quería que supiera algunas cosas. No es ningún santo.
         –Ninguno lo es. No he conocido muchos pero ninguno lo es, señora.
         –Sólo quiere aprovecharse de usted.
        –No quiero saber –dijo la muchacha, enseñando las palmas de sus manos–. Discúlpeme, pero no quiero oír más cosas.
         –Está en su derecho. Con permiso.
         –La acompaño a la puerta.
         –Gracias.
         No dijeron nada mientras descendían las escaleras.
         –Olvidé el bolso –dijo la mujer.
         –Voy a traérselo.
        –No se preocupe –dijo la mujer y corrió escaleras arriba.
        La muchacha corrió tras ella y la encontró sentada en la cama, chupándose un dedo.
        –Me clavé una astilla de la mesa –explicó.
        –Déjeme ver.
        La muchacha tomó el dedo de la mujer y presionó. Brotó una gota de sangre, luminosa y perfecta. Con un impulso ciego, la muchacha lamió el dedo y dijo:
       –Voy por una aguja.
       Trajo una aguja del cuarto de Jade y extrajo la astilla. La acarició entre las yemas del pulgar y el índice.
       –Tan pequeña y todo el dolor que causa –dijo la mujer.
       –No quiero que sufra.
       –No es su culpa.
       La muchacha dejó caer la astilla en el pocillo de los lápices. Abrió una caja de cartón repleta de marcadores, lápices de colores, frascos de perfume vacíos que coleccionaba por sus formas raras, y separó la botella del alcohol. Empapó un trozo de algodón y lo restregó en la herida. Por un momento, a la luz de la ventana, entretenidas en la curación, se vieron como dos amigas, como dos hermanas, carne de la misma carne y sangre de la misma sangre. La muchacha le ofreció una servilleta.
        –Séquese las lágrimas, señora.
       La mujer se palpó el rostro con ambas manos y sólo entonces descubrió las lágrimas. Aceptó la servilleta. Se recobró en seguida y dio las gracias. La visita había concluido. Se levantó, tomó el bolso y abandonó el cuarto. Parecía haberse olvidado del dedo cuando llegaron a la puerta.
       –Que pase buen día –dijo, con una sonrisa.
       –Gracias. Lo mismo.
      La muchacha cerró la puerta y subió corriendo las escaleras. Se arrojó sobre la cama y maldijo su puta suerte. Lloró toda la mañana, hasta que sonó el teléfono.
      –Ya sabe quién soy –dijo la esposa de Humberto–. Lo pensé mejor. Se lo dejo. Se lo dejo para el resto de su vida. Se lo regalo.
        Colgaron.
      Entonces Jade abrió la puerta. La muchacha no necesitaba asomarse a la ventana: sólo su amiga tenía otra llave. La puerta se cerró de un golpe y Jade subió las escaleras de prisa. Se desbocó al cuarto de Elisa, arrojó los libros sobre la mesa y soltó la noticia sin preámbulos:
       –Mataron a Humberto. Ay, Elisa. Lo apuñalearon en El Danubio Azul.



Pamplona, 1996
Mujeres muertas de amor


lunes, 21 de febrero de 2011

Triunfo Arciniegas / La mujer del payaso

Payaso y mujer
Alberto Cadavid
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Triunfo Arciniegas
LA MUJER DEL PAYASO

Toqué con suavidad tres veces, según mi estilo, y en seguida abrieron. Saludé con la voz grave y lenta, dolorida, que usaba para estos casos.
          –Siga, por favor –dijo Carmen Jerez, la viuda, y me condujo por un corredor mal iluminado, adornado de matas gigantes que me buscaban el rostro como mujeres confianzudas, hasta un cuarto donde el aire se había vuelto una sopa pestilente.
          El viejo doctor Marancar, calvo y jorobado, cerró un maletín negro y gordo, en cuyo vientre podía refugiarse una docena de conejos, nos observó con ojos de entomólogo por encima de los anteojos y se despidió con una venia.
          –Roberto –dijo la viuda–. Roberto, ¿por qué te fuiste?
          Lo dijo tres veces, como si conversara con el loro. Roberto no respondió. Todas claman lo mismo, no importa cuánto hayan detestado al difunto. La muerte quema los rencores. Cuando le pedí a la viuda, en voz baja, que abriera la ventana, su mano encendió la pequeña lámpara de la mesita de noche, su mano blanca de dedos finos, infinitos anillos y uñas pintadas de rojo sangre. Tendido en la cama, con traje de paño, corbata y zapatos nuevos, demasiado bonitos para un tipo que no iba a caminar el resto de sus domingos, Roberto se veía bien, sereno, casi feliz. Tomé las medidas y discutí de precios y arandelas con la viuda. Quería un ataúd con flores.
          –¿Cuántas docenas, doña Carmen?
          –Usted no me entiende –dijo la viuda–. Las quiero pintadas en el cajón.
          El cliente siempre tiene la razón. En este caso, el representante del cliente. Le pintaríamos lo que quisiera: ángeles con ojos de ternero degollado, golondrinas con mensajes en el pico, mariposas sicodélicas, siemprevivas y nomeolvides.
          –Un cajón de colores –precisó la viuda–. Quiero un entierro alegre, ¿me entiende? Ni siquiera voy a llorar.
          Nos pusimos de acuerdo en los colores. En otras palabras, la viuda quería la bandera del país de los locos salpicada de flores.
          –Con ventanitas.
          –¿Cómo dice?
          –Quiero el cajón con dos ventanitas, una a cada lado, para que Roberto contemple el mundo por última vez. Quiero que nos vea felices. Era un hombre muy alegre, ¿sabe usted? Era un payaso.
          Salí de prisa a cumplir con todos los encargos y regresé en la carroza con el ataúd y los candelabros después de mediodía. Ya estaban de fiesta. Osiris Sánchez había enviado una caja de ron y otra de aguardiente, con un sufragio de lágrimas vivas. Al principio creí que me había equivocado de casa. Habían desempolvado las pelucas y los trajes más extravagantes, bebían y se retorcían de risa. Alguien gritó:
          –Comamos y bebamos, camaradas, porque miren lo que les pasa a los payasos.
          Despaché a Agapito con la carroza, y me quedé para ultimar detalles y presentar la cuenta. Encontré a la viuda en el patio, recién bañada y sin anillos, en bata y debajo de un sombrero verde con plumas de pavo real. Arrodillado junto a una Biblia que servía de mesita para los frascos de esmalte, un enano le pintaba las uñas.
          Casandra, en cuclillas, fumaba su apestoso tabaco debajo de un naranjo agrio. Un perro tuerto me ladró sin ganas. El enano ni siquiera levantó la cabeza.
         –¿Le parecen bonitos mis pies? –dijo la viuda–. Eso no es nada para todo lo que tengo.
          Soltó una carcajada y en seguida se tapó la boca, acordándose de su reciente estado. Soltó una lágrima, una sola, que resbaló hasta la orilla de su boca, divino manjar para un hombre muerto de sed en mitad del desierto, y espantó con el pie al mono que trataba de ver por debajo de la bata. Vino hacia mí, descalza, y me abrazó. El enano nos persiguió con un frasco de esmalte en una mano y el pincel en la otra. Un payaso trepaba en la sala por la cuerda de la lámpara y otro intentaba volar con un paraguas. Alguien lanzaba cuchillos alrededor de las fotos de Roberto que adornaban las paredes. Platón y Aristóteles, siameses oaxaqueños, jugaban ajedrez y bebían mezcal.
         –Se hacen trampa –dijo la viuda.
         Una mujer medio desnuda paseaba un león viejo por la casa. Me asombraron por igual el relieve de sus costillas y la longitud de sus piernas. “Cómete al león, muchacha”, quise gritarle, pero la timidez me atragantó.
          –Apuesto que el león se la come –murmuró la viuda en mi oreja–. No se asombre: en otros tiempos leí las cartas. Pero con tipos como usted, tan transparentes, no se precisan para saber ciertas cositas. Es Piscis, ¿verdad?
          Me ofrecieron una botella y bebí. Pura candela. Nadie vestía de negro, como si cumplieran una orden expresa de la viuda, que besaba a todos en la boca y poco le importaba que la bata a cada rato descubriera sus encantos y tatuajes. Complacida con los encargos, me pellizcó la mejilla como si fuese un niño regordete y sonrosado y me lanzó un sonoro beso. “Muchacho bello”, dijo. Se arrancó una pluma del sombrero y me la ofreció. Le pedí precaución con los acabados.
          –Son flores frescas –expliqué, y bebí de otra botella.


          Alguien oía a Pink Floyd en una de las habitaciones, y en otra, un aprendiz de trompetista interpretaba el Himno Nacional. La casa era una fiesta tan desbordada que muchos, incluida la viuda, que se despojó de la bata por dos o tres minutos, se probaron el cajón antes de encerrar allí a su dueño definitivo. Me perturbó el esplendor de su geografía: el dragón hambriento que volaba hacia el pezón izquierdo, la serpiente dormida alrededor del ombligo y el bosque negro en forma de corazón que resguardaba la cueva de la dicha. De un salto regresó a la tierra de los mortales.
          –Me hubiera gustado mandarlo al más allá con dos o tres muchachas –dijo, entrando a una bata que no le hacía falta para nada–. Me puso los cachos con cuanta negra se le atravesó.
          Y aclaró, abriendo los brazos en cruz:
          –Soy un vino blanco. Fino. ¿No le dan ganas de beberme?
         Acomodamos a Roberto y todo el mundo estuvo de acuerdo en que se veía más vivo que nunca. Quise retirarme para que oraran en la intimidad, pero la viuda no me lo permitió. Le cantó un bolero al finado a través de una de las ventanitas y luego me hizo pasar al comedor para un suculento almuerzo, que despaché sudando como un caballo, entre un trapecista vestido de verde y una mujer barbuda. Frente a nosotros, una contorsionista bizca, de orejas puntiagudas y cabello erizado, devoraba una rana en salsa de almendras, con una generosa guarnición de papas a la francesa y ensalada mixta, y bebía a grandes sorbos, dejando derramar hasta sus pechos un líquido espeso y rojo, vino de Transilvania o sangre de murciélago. Un malabarista tartamudo y el domador, de espesos bigotes, se limpiaron la boca con la pelusera del antebrazo y se retiraron entre eructos y gruñidos. Otros se sentaron luego y terminaron muchas horas después. Busqué a la viuda, pero no la encontré. Se la pregunté a un mago ebrio que trataba de esconder en el sombrero un conejo asado, sobras del almuerzo, para su mujercita.
          –¿Entonces el muerto es de verdad? –dijo–. Con razón lo vi tan pálido. ¿No es ésta la convención anual de los Bebedores del Agua Sagrada? ¿De cuál Carmen me habla?
          Extraviado, abrí la puerta del baño por equivocación y sorprendí, sentada en la taza, a una monja que hojeaba entre lágrimas una revista pornográfica.
         El enano, que se había pintado las uñas de negro, y los párpados con tonos azules y violáceos, armaba un tabaco de marihuana con una hoja arrancada de la Biblia. Me miró con rencor y escupió en el piso, como retándome a duelo. Calculé que ya se había fumado el Génesis. No me pareció oportuno preguntarle por la viuda y desaparecí de su vista.
         Un caballero antiguo vomitaba en su sombreo de copa, arqueándose con gracia de bailarina para no embadurnar el traje, y los siameses, con lamentable puntería, orinaban en la maceta de las astromelias.
         –Si me caso con Aristóteles, ¿qué hacemos con Platón? –dijo Casandra.
        Aunque ya era de noche, no podía retirarme sin la cuenta cancelada. Humedecí con saliva la yema del índice y repasé las facturas como si fuesen billetes. Oí la risa de la viuda en una habitación pero no me atreví a interrumpir. Esperé en la sala junto al difunto. Casi nadie se acercaba a verlo. Me dormí sentado, a la orilla de aquella fiesta, arrullado por el suave traqueteo de una cama y una frase, una letanía convertida en súplica: “Mátame”. Soñé con María Cruz Delina en el aeropuerto de Málaga. Elevábamos una cometa amarilla. "Si me alcanzas te doy un beso", prometió. María Cruz Delina corría como el viento, se elevaba arrastrada por la cometa, se perdía entre las nubes. Alguien me tocó el hombro. Desperté con jirones de nube en la boca, junto al rostro de la viuda.
        –Tenemos camas si quiere descansar –dijo, atándose la bata.
        –Lo siento, la estaba esperando.
        La viuda me extendió un cheque entre bostezos. Lo guardé en el bolsillo de la camisa, junto a la pluma, y avancé hasta la puerta.
        –Ojalá nos acompañe mañana –dijo.
        No me perdería aquel entierro por nada del mundo.
        –Y no es necesario que venga vestido de murciélago.
        Como era tarde, dejé el cheque en Apocalipsis por debajo de la puerta. Caminé hasta la casa de mi tía porque ya habían pasado los últimos autobuses. Oculté la pluma de pavo real debajo de la almohada y colgué el traje negro, la pinta de murciélago que me imponía la casa de pompas fúnebres. Le escribí una carta apasionada a María Cruz Delina, enfermera del hospital de Málaga, y, vestido de verde, la llevé a la oficina de correos temprano, apenas abrieron. Don Jacobo, dueño de Apocalipsis, me recibió con los brazos abiertos.
       –¿De qué charco vienes? La viuda acaba de llamar, muchacho. Quedó tan contenta que ya nos contrató para sus próximos maridos. Espera que la acompañes en la pena. Ya te echó el ojo.
        Me miró por encima de los anteojos.
        –Ay, Federico, qué envidia más negra, vas a embriagarte con Carmencita Jerez.
        Me espantó como si fuese una gallina:
        –Deja todo y ve a ver qué se ofrece.
        Necesitaban café.
        –La cocinera se escapó anoche con el trapecista y nos vamos a quedar dormidos antes de llegar al cementerio –dijo la viuda apenas me vio, empujándome a la cocina con todos sus anillos. Conservaba el sombrero de plumas del día anterior pero había cambiado la bata azul de flores moradas por un vestido rojo, ceñido y escotado, y saltaba a la vista que había olvidado la ropa interior. El finado la había dejado enterita, madre mía, Carmen Jerez del Paraíso, y como no era pecado desear a la mujer del muerto, estremecido, cerré un instante los ojos para morder su nuca y deslizar la lengua hasta sus nalgas–. Si así eres verde, muchacho bello, cómo serás maduro. ¿Sabes hacerlo? Si no, te enseño.


         Preparé el menjurje en la olla más grande y lo repartí entre los que todavía seguían despiertos. Como la viuda consideró que era demasiado temprano, organizó con el finado un recorrido por los barrios bajos, al otro lado de la estación del tren, hasta la casa de placeres de Petrona Sanguino, negra otoñal todavía hermosa, más conocida como La Malquerida. Las muchachas, recién levantadas, todavía en paños menores, se apoderaron del cajón y nos vimos a gatas para recuperarlo. De lejos, parecía un partido de fútbol. Todas gritaban. Algunas enseñaban los senos para que el finado se fuera al más allá con un bello paisaje, entre alabanzas y maldiciones, y me pareció que Roberto torcía los ojos. Las dejamos en un río de lágrimas, resignadas, con más pinta de viudas que la misma Carmen Jerez.
        Una de las muchachas nos alcanzó corriendo y señaló con el índice su barriga de elefante:
         –Carmen, tenemos que hablar de esta gracia.
         Los hombres depositaron el cajón sobre los rieles y todo mundo permaneció atento al desarrollo de la escena. El tren podía arrastrar a Roberto hasta el Páramo de Berlín, pero no nos quedaríamos con la curiosidad.
        –Me he acostado con varias, querida, pero hasta el momento no he preñado a ninguna –dijo la viuda.
        –Es una de las payasadas de tu marido –precisó la muchacha.
        –Pero me parece, negrita, que en esa pista más de un payaso ha hecho función –remató la viuda.
        Y soltó una risa que hizo dar media vuelta a la muchacha.
        Encabezado por los siameses, uno de negro y otro de rojo, el cortejo torció por la antigua y empedrada Calle del Deseo, donde dos o tres damas quebraron sus tacones. Nos refrescamos frente al portón de la casa que el arzobispo Miguel Ángel de Quevedo hizo construir en otro siglo para la tatarabuela de La Malquerida, la célebre nigromante, cuyo fantasma todavía asustaba a los borrachos. El domador de espesos bigotes atrapó con el látigo una rama que se asomaba a la calle, trepó hasta el borde del muro, erizado de picos de botella, y contempló por todos nosotros, pobres mortales, los legendarios jardines, que abarcaban la manzana entera, hasta que el alboroto de los perros nos obligó a marcharnos.
        –El paraíso, hermanos, ni más ni menos –explicó, hechizado.
       Flanqueado por dos meseros adolescentes, uno rubio y otro moreno, Osiris nos hizo adiós desde un charco de lágrimas. Pasamos frente a Apocalipsis, Bello final para una bella vida, precios módicos. Don Jacobo se quedó mirando la multitud con cierto arrobo, como diciendo:
       –Cuánta clientela, Federico, cuánta clientela.
      Era lo menos parecido a un entierro. Una parranda de locos fuera de carnaval. Arrastramos a medio mundo. Íbamos bailando, cantando, quemando pólvora, por calles polvorientas y destartaladas, de cantina en cantina. Coplas obscenas contaban la vida de Roberto. En algún momento tuvimos que devolvernos, aunque no recordábamos bien por dónde habíamos venido, porque alguien advirtió que se nos había olvidado el cajón. Entre tanto desorden, los de adelante pensamos que el cajón venía atrás, y los de atrás pensaron lo contrario. Ay, Roberto. ¿Se estaría despidiendo otra vez de las negras de La Malquerida?
        –Ni muerto deja las malas mañas –dijo la viuda.

Marc Chagall, Over the Town
         Las puntiagudas sandalias y el alcohol la hacían trastabillar. Más de uno acudió a ofrecerle el hombro, no para evitar su caída sino para que no se nos perdiera entre las nubes, pues ciertamente las amplias alas del sombrero hacían pensar que practicaba lecciones de vuelo. Vi o imaginé diminutas gotas de sudor en su nariz. Quise beberlas. El enano marihuanero, presto a limpiar las sandalias de su ama con una servilleta, mantenía una estrecha vigilancia. En un momento sus ojos, para la viuda, eran de ternero degollado, y al siguiente me arrojaban candela.
        Encontramos a Roberto en el Callejón de los Ciegos, donde unos niños, confundiéndolo con Pericles, estaban a punto de prenderle fuego. Celebramos la ocurrencia con pólvora. Oímos las campanas de la iglesia del Señor de la Humildad y nos apuramos a quemar los últimos voladores porque se nos hacía tarde. Llevamos al difunto por el camino más corto. La mayoría de la gente se quedó en la puerta, en el atrio, en las cantinas más cercanas, mientras oficiaban la misa. Cinco o seis sorbos de aguardiente, en la cantina de Carmen Peralta, me patearon al más allá. El cajón volvió bendito y la viuda echando chispas porque, según supimos, el cura se acordó que el finado le había quedado mal con una función de caridad. Menos mal que el cementerio estaba ahí, a un tiro de piedra. Corrimos a mandar con Roberto saludos a los acostados y robamos flores del vecindario. Corrimos, es un decir: trastabillamos, trasbocamos.
        –De tumba en tumba, me voy de rumba –gritó una de las locas que nos acompañaba, y echó a correr por la avenida principal.
         El sepulturero selló la tumba casi a oscuras, y con una puntilla la viuda escribió sobre el cemento fresco: Roberto Antonio Cáceres, y un poco más abajo, papacito rico. Proseguimos la fiesta en la calle porque nos echaron. Locos de amor, nos arrojamos flores y nos dijimos cosas bonitas. Aunque no había árboles, brincamos de rama en rama. Aullamos como lobos y nos relamimos como gatos. El enano, borracho, quiso trepar por uno de los postes del alumbrado público. Mientras una loca masticaba pétalos, otra se derramó la cerveza en los senos.
        –Leo manos y ombligos –dijo Casandra, de rodillas.
        La viuda nos invitó a la casa, donde una cocinera arrepentida y un trapecista muerto de la vergüenza nos esperaban con pezuñas de cerdo en salsa agridulce y pechugas de pollo maceradas con miel de abejas.
       –Jerez para todos –gritó la viuda, sin las sandalias y sin el sombrero de plumas, algo despeinada y con el maquillaje desparramado–. Carmencita para el finado, señores. Jerez para todos hasta el amanecer.
        Ya había hecho amigos, golpeaba hombros con toda confianza, y me sentía feliz porque en mi oficio, y con tanta competencia, la amistad es clave. Recorrí la casa de Carmen Jerez a mi antojo. En el patio, a la luz de la luna, la mujer casi desnuda dormía con la cabeza recostada en la barriga del león, junto a un racimo de uvas a medio consumir y una peluca rubia. El mago, la oveja descarriada de los Bebedores del Agua Sagrada, flotaba con los ojos cerrados en el humo de la pipa que fumaba un conejo chamuscado. Volví a la sala, donde eché de menos al difunto, y me senté en la misma silla. Estaba por dormirme cuando la viuda se acercó y me tocó el hombro.
       –¿Es usted casado? –me preguntó.



Pamplona, 1994
Mujeres muertas de amor

domingo, 20 de febrero de 2011

El matrimonio según Monterroso


Fotografía de Fenix Felicific

Triunfo Arciniegas
EL MATRIMONIO SEGÚN MONTERROSO

Al despertar, su mujer todavía estaba ahí.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

sábado, 19 de febrero de 2011

Cenicienta

Triunfo Arciniegas
CENICIENTA

El hombre encontró la zapatilla en la escalera, después de la fiesta, y la conservó para el placer de sus noches solitarias.



Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

viernes, 18 de febrero de 2011

In Wonderland


Johny Depp
El Sombrerero Loco
Alicia en el país de las maravillas


Triunfo Arciniegas
IN WONDERLAND


Alicia es una maravilla pero no consigo atravesar el espejo.



Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

miércoles, 16 de febrero de 2011

Se busca


Triunfo Arciniegas
SE BUSCA


Después de meses de suspirar en la ventana, una noche la princesa desapareció. Se deshizo en suspiros. Aunque la vieron con un hombre en el puerto, en la corte todavía se aferran a la versión de los suspiros.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

martes, 15 de febrero de 2011

Lobo

Scarlett Johansson
Triunfo Arciniegas
LOBO

Se me escurre la baba mientras acecho en el bosque. Tarde o temprano ha de pasar. La piel de lobo, de moda entre las niñas, ha subido de precio.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

lunes, 14 de febrero de 2011

Ariadna

Fotografía de Pedro Marques Pereira
Triunfo Arciniegas
ARIADNA


Mientras Teseo, victorioso, enrolla el hilo que le permitió salir del laberinto, Ariadna llora la suerte del minotauro, que ya nunca la encontrará.




Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

domingo, 13 de febrero de 2011

La espada


Ilustración de Emil Alzamora

Triunfo Arciniegas
LA ESPADA

Viejo y cansado, el minotauro se hundió en el corazón la espada de Teseo.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro


sábado, 12 de febrero de 2011

Bolero según Gregorio Samsa

Fotografía de Baciar
 Triunfo Arciniegas
BOLERO SEGÚN GREGORIO SAMSA

Ya sé que sólo soy un insecto en tu vida.



Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro

viernes, 11 de febrero de 2011

Declaración de una mosca en el juzgado

Ilustración de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas

DECLARACIÓN DE UNA MOSCA
EN EL JUZGADO


Así es, señoría. Mató a toda mi familia: abuela cegatona, mamá cojitranca, papá cascarrabias, cuatro hermanos. Siete de un solo golpe, señoría. Maldito sastre. ¿Valiente, señoría? Pinche sastrecillo.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro